ÁRBOLES Y MITOS CAPÍTULO XXIX: EL ALMENDRO
ALMENDRO : Y añadió: por eso se consume tan rápido. En eso me parezco a los humanos; nuestra vida raramente llega al siglo. Tienes todo mi reconocimiento, Cornejo, arbusto de tallos ramosos y flexibles, que floreces de mayo a junio y fructificas en septiembre; amante de aves migratorias como los papamoscas, tus frutos alimentan también a estorninos, petirrojos, mirlos y zorzales.
Yo procedo de los países del centro y sureste de Asia, y también del norte de África, en los que vivo de forma silvestre. De Persia y otras regiones del sudeste asiático me trajeron a Europa en tiempos remotos. Fueron sobre todo los romanos los que me difundieron por toda la cuenca mediterránea, en donde ahora se me cultiva cumplidamente. Fui emblema de la dulzura, pero también de la ligereza, la indiscreción y el atrevimiento, porque soy de los primeros árboles en revestirse de flores, y la flor sale antes que la hoja, con lo cual en muchas ocasiones es víctima de heladas inesperadas. Por el hecho de ser el primero que anuncia la primavera, los hebreos veían en mí la enseña de la vigilancia.
En la antigua Grecia, la almendra, lo mismo que las nueces, se utilizaba en las fiestas en honor de Metis, diosa de la sabiduría. Pero de ella ya se ha hablado aquí suficientemente y yo me precio de ser un árbol que mira más hacia los Hombres que hacia los Inmortales. De humanos es la historia que he venido a contaros.
Vivió en la Tracia griega una chica llamada Fílide. Era hija del rey Fileo y es el personaje central de mi historia. Si me pedís que la describa aludiendo a una sóla característica, la más relevante, tendría que dejar de lado su luminosa belleza y mencionar su temperamento vehemente y arrebatado. Fílide lo experimentaba todo con exaltada pasión.
Pero para continuar con su historia antes debo presentaros a dos jóvenes: son Acamante y Demofonte, los hijos de Fedra y Teseo, aquel héroe que mató al Minotauro y salvó de una muerte cruel e injusta a la juventud de Atenas, ciudad de la que ya es el rey.
VID : Almendro, árbol favorito de los jardineros que puedes soportar los fríos aunque te afectan las heladas tardías, deja que yo les refresque la memoria. Teseo fue el que enamoró a Ariadna, la hija de Minos, y la abandonó en la playa de Naxos
HIBISCO : Ariadna es la chica de la diadema, la que luego se convirtió en la esposa del dios Dioniso.
ALMENDRO : Años más tarde Teseo se casó con la hermana de Ariadna: Fedra. Tuvieron dos hijos. Acamante y Demofonte lucharon contra Troya, de donde rescataron a su abuela Etra, la madre de Teseo, que se encontraba allí contra su voluntad y se había visto obligada a servir como esclava a Helena. Ahora sus nietos la llevaban de vuelta a casa. Sin embargo, una tempestad arrastró la nave que transportaba a Etra y a los jóvenes y la hizo embarrancar en las costas de Tracia. El rey Fileo les ofreció su hospitalidad y enseguida el amor prendió en los corazones de Fílide y de Acamante.
Fílide amaba con pasión a su esposo Acamante y al principio era correspondida. Pero al poco tiempo el joven comenzó a cansarse de las costumbres de aquellas tierras salvajes. Echaba de menos el refinamiento de la civilización ateniense y, de alguna forma, también se sentía un poco asfixiado por el abrumador cariño de Fílide. Así que se hizo a la mar, no sin antes prometerle a su esposa un pronto regreso. Acamante viajó a Chipre, se estableció allí y olvidó a Fílide.
Aquella penosa separación duraba y Fílide no veía llegar el momento de que Acamante regresara por fin y poder reunirse con él. No hacía otra cosa que dar alimento en su alma a aquellos sentimientos que la iban consumiendo poco a poco. Pasaron diez largos años. Una lluviosa mañana Fílide tuvo noticias de que un barco se vislumbraba por el horizonte, así que, impaciente, viajó a la costa para recibir a su añorado esposo. Pero el barco que debía traer a Acamante y a sus compañeros no aparecía y Fílide, desconsolada, se fue a su casa. Ocho veces más hizo Fílide el viaje a la costa. Todo era inútil. El mar parecía haberse tragado aquel barco.
Tras su noveno viaje Fílide no pudo resistir su tristeza y se dio muerte, ahorcándose en un árbol. Atenea, la diosa de fúlgida mirada, se apenó tanto por la desafortunada suerte de la joven que decidió transfigurarla en un árbol nuevo, distinto de los que existían hasta ese momento. De esta manera hice yo mi aparición mítica en el mundo. Aún no había terminado el invierno.
La atmósfera que vio arribar a la costa de la Tracia el barco que transportaba a Acamante estaba encapotada como un rostro ceñudo. Arrepentido de su traición a Fílide y echando de menos su cariño, había decidido volver con ella. El joven fue informado de la muerte de Fílide y supo de la aparición del nuevo árbol. Bajo las nubes cargadas de gris, la luz se había quedado aprisionada contra la tierra. Acamante se abrazó al tronco y lloró con desconsuelo. Mis ramas respondieron al abrazo del desconsolado amante llenándose de innumerables y bellas flores blancas, a pesar de no tener hojas todavía. Los que presenciaban el hecho se admiraron tanto que comenzaron a bailar en torno de aquel triste abrazo. Desde entonces, decidieron celebrar todos los años la memoria de Fílide con danzas alrededor de los almendros.
ENCINA : Dicen también que a partir de este día las hojas de los árboles cambiaron su nombre de «pétala» a «fila» en honor de Fílide.
ALMENDRO : Por aquel entonces se oyó otra versión de la historia que tiene un cariz más vengativo. Cuenta que cuando Acamante partió de Tracia Fílide le dio un cofre y le dijo: -«Dentro hay objetos consagrados a Rea. No lo abras a no ser que creas que nunca vas a regresar».
La muchacha, desesperada por la larga ausencia, se suicida colgándose de un árbol mientras maldice a su esposo infiel. Cuando Acamante abre en Chipre el cofre siente cómo la locura hace presa de él. Galopa enajenado hasta que el caballo se desboca. El jinete cae a tierra y se atraviesa con su propia espada.
AVELLANO : Estas románticas leyendas son un pretexto para justificar las pretensiones de los atenienses sobre las tierras que le correspondían a una princesa tracia como dote. ¿No te lo parece a tí, Almendro, que te asilvestras con ayuda de los córvidos que dispersan tus almendras?
ALMENDRO : ¡Cómo voy a creer yo semejante cosa, Avellano, cuando me considero un fiel reflejo de Fílide! Su vida fue corta y también lo es la mía como árbol. Era hermosa, como lo son mis flores que crecen aisladas o por pares en mis ramas; sus pétalos blancos o rosados imitan el suave color de la piel de Fílide. Algo tortuosa era su mente, como también lo es mi tronco. Sufría fuertes ataques de celos, lo mismo que yo soy víctima de fuertes ataques de muérdago en determinadas regiones. Ella odiaba los corazones helados y traicioneros; yo aborrezco las heladas primaverales o las escarchas inesperadas. Como yo, aborrecía también las nieblas frías y los vientos húmedos que desde el mar le traían noticias de su amante traidor. Fílide era dulce como lo son mis grandes semillas. Pero también podía provocar la muerte, como se demuestra en la segunda leyenda; mis almendras amargas son muy tóxicas, bastan veinte de ellas para matar a un ser humano. Yo rechazo los suelos impermeables, compactos y de poco fondo. Fílide rechazaba con ahinco, quizá excesivo, los corazones con poco fondo, duros e impermeables al amor fiel.
Queridos amigos, nuestra reunión se acerca a su fin, pero aún podemos disfrutar con los relatos del Sauce que fija laderas en movimiento y márgenes de ríos o arroyos. Él será quien clausure esta convención. Nuestro admirado Sauce pertenece a una familia de árboles de las más antiguas del Planeta que data de finales del Secundario.
‘Árboles y Mitos’
Elena Huerta