JARDINES DE ARANJUEZ

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Aranjuez, paisaje cultural

Espectacular plátano de sombra en el Jardín de La Isla. Aranjuez.
Foto de grupo (colegio). Jardines de Aranjuez
Foto de grupo (colegio). Jardines de Aranjuez
Foto de grupo. Jardines de Aranjuez

El Real Sitio y Villa de Aranjuez está situado a cincuenta kilómetros al sur de Madrid, en la confluencia del río Tajo con su principal afluente, el Jarama. En el contexto de la meseta castellana, caracterizada por un clima continental-mediterráneo y una gran escasez de zonas boscosas, sustituidas por cultivos de secano, Aranjuez aparece como una isla de frondosa vegetación , gracias a la abundancia de agua y a la fertilidad de los suelos sedimentarios del valle, frente a los estériles terrenos de yesos de los páramos circundantes.

Habitado desde la antigüedad por carpetanos, romanos, visigodos y musulmanes, Alfonso VII la reconquistaría a los árabes en 1139 y en 1171 sería cedida a los caballeros de la Orden Militar de Santiago. Desde entonces Aranjuez fue lugar de descanso y recreo y el maestre Don Lorenzo Suárez de Fiqueroa decidió edificar un Palacio (1387-1409) entre los bosques repletos de caza.

La condición de Real Sitio parte del siglo XV, cuando Aranjuez pasó a ser propiedad de la Corona en el momento en que Fernando el Católico fue nombrado gran maestre de la Orden de Santiago, y de las preferencias de su nieto el emperador Carlos V, que añadió nuevas propiedades procedentes de las dehesas y encomiendas de las órdenes militares, de particulares, o de los pueblos vecinos para el ensanche de su bosque cinegético.

Pero es Felipe II (s.XVI) quien promueve un primer período de esplendor entorno a un nuevo Palacio y Casa de Oficios, añadiendo bellas huertas geométricas (Picotazo) y extensos jardines (Jardín del Rey y de la Isla), planificando rectilíneos paseos arbolados (Doce Calles), revitalizando amplias zonas para la caza, creando un centro de experimentación botánica, como lugar de aclimatación de especies de todo el mundo y por último, dotando a todo este conjunto con una serie de obras hidráulicas (presa del Mar de Ontígola, y una red de cauces) para el regadío de huertas y jardines.

Para llevar a cabo este complejo plan el monarca se rodeó de arquitectos de la talla de Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, o jardineros como Jerónimo de Algora y Holbeque.

El paisaje agrícola funde huertas y jardines. La aplicación de complejas artes de riego en un suelo de extraordinaria calidad permite unos cultivos de primor que surtieron la despensa de los reyes y alcanzaron un prestigio indiscutible. Actualmente asistimos a la recuperación de una producción hortícola que se encontraba en un cierto declive. Cultivos experimentales habían sido promovidos por el poder político en estas tierras a lo largo de casi cinco siglos. Se importaron técnicas y medios humanos de lejanas procedencias con la intención de lograr un agricultura ideal. La producción agropecuaria no se limitaba a la horticultura, sino que participaba de una manera fundamental en la cría y el desarrollo de las razas equina y vacuna españolas.

De mediados del siglo XVI procede un primer intento, de resultados asombrosos, de ordenación del territorio mediante trazados geométricos que abren caminos y paseos entre bosques, jardines y cultivos, implantando un modelo canónico que procede de la tratadística grecorromana y renacentista y que resultaron sorprendente y admirablemente conservados, reconocidos y ampliados por sucesivas generaciones y dinastías a lo largo de más de cuatro siglos.

A partir de aquellas trazas geométricas y radiales, se generaba otra trama reticular y ortogonal hacia el sur, que es compendio de los logros del uso de la perspectiva y la proporción, logrando una organización racional del espacio para el crecimiento, súbito y planeado, de la ciudad barroca e ilustrada, perfectamente integrada en el territorio.

En estas tierras fecundas y bien administradas y ordenadas se llevaba a cabo una intensa actividad científica y botánica. Aranjuez se convirtió en gran centro de aclimatación de especies exóticas procedentes de los confines de un imperio en el que ‘no se ponía el sol’. Se conserva aquí probablemente la más importante colección de árboles cultivados procedentes de América y parte de Asia, alcanzando numerosos ejemplares una talla y un valor incluso superiores a lo que pueda ser normal en el estado natural de sus lugares de origen.

En este Real Sitio se congregaba a genios y maestros de todas las artes y las ciencias. Su actividad es patente en la obra de arquitectos, ingenieros, jardineros, pintores, escultores, poetas y músicos.

Las obras hidráulicas

Las aguas superficiales de ríos, estanques, canales y acequias irrigan los suelos de la vega y son esenciales para la aparición y el crecimiento de la vegetación , componente principal del paisaje. Consiste dicha vegetación en los estratos arbóreo, arbustivo y herbáceo de los sotos que acompañan a los ríos, en el cortejo de plantas imprevisto que acompaña a los caces y caceras; en las altas alineaciones arboladas que conforman los innumerables paseos, y por último en los cultivos agrícolas o de jardín. Aquí una vez más se confunde la responsabilidad de la naturaleza y la del hombre.

Para entender el significado de las obras hidráulicas en Aranjuez, hay que empezar por saber cuáles eran las intenciones y las dificultades entre las que desenvolvían quienes pretendieron transformar ese territorio, intermitentemente inundado por las avenidas o repentinamente yermo por las crueles sequías, en la reencarnación del paraíso. Esta azarosa historia tiene dos vertientes que convergen en un único resultado. De una parte, se trata de una lucha desesperada por evitar riadas que anegaban los cultivos, propagaban epidemias y destruían puentes y otros ingenios de construcción extremadamente laboriosa. Pero también consiste en el empecinamiento por llevar las aguas a zonas cada vez más alejadas del cauce. Canalizar y represar eran indudablemente dos formas de domeñar y suplantar a la naturaleza, pero son también la manera de recrearla, favorecer su esplendor y exhibir sus atributos.

Los asentamientos romanos en la zona se ubican próximos a vías de comunicación de cierta importancia, que todavía se recuerdan, y nunca muy lejos del Tajo. Diferentes hallazgos arqueológicos, como el del yacimiento de la Cacera de las Ranas o el de La Veguilla, avalan la presencia de poblados visigodos posteriores, donde existían regadíos artificiales favorecidos por una ley de Recesvinto que se preocupaba de asegurar un mejor aprovechamiento de las aguas y penaba como grave infracción el hurto del ya entonces preciado bien. En la época de dominación islámica proliferaron en las inmediaciones los batanes como base de una cierta producción textil y también una cultura del riego que dejará su poso en las iniciativas posteriores.

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Pero es ya en el siglo XVI cuando comienzan las grandes obras hidráulicas, con Carlos V y Felipe II. A comienzos del siglo existían presas, molinos y huertas, En 1530 se acometió la construcción de la presa del Embocador, de donde arrancan el Caz de la Azuda, para regar las tierras de la margen derecha, y el de las Avea, para las tierras de la izquierda. De estas dos arterias principales se irían derivando, a lo largo de los años y siglos sucesivos, numerosos canales secundarios que a su vez se derramaban en caceras maestras que intentan llegar a todos los rincones de la vega cultivable o de las zonas que se fueron ajardinando.

La forma actual de la presa de Palacio quedó definida en 1751 por De Witte y Bonavia, pero anteriormente había sido construida probablemente con proyecto de Juan Bautista de Toledo por la necesidad de ordenar la entrada de agua en la ría que separa el Raso de la Estrella del Jardín de la Isla, protegiendo a éste del embate de las avenidas del río. La presa no sólo cumple esas funciones, sino que es aprovechada para instalar un molino que utiliza la energía del salto de agua.

Un primer ejemplo en Europa de ordenación barroca del territorio

El inicio del ordenamiento de Aranjuez obedece a la memoria visual de filiación norteuropea por un lado y la voluntad de Felipe II de actuar como un príncipe humanista, valedor de un modelo cultural del que es exponente. Así, el jardín plano generador de amplias perspectivas que se había propuesto en Flandes, se solapa con la imposición sobre la vega de una estructura geométrica que después encontrará eco en las reordenaciones urbanas de ciudades italianas del siglo XVI, un plan que prefigura el posterior modelo de urbanismo barroco.

Sobre esta realización coherente y novedosa planea la sombra de Juan Bautista de Toledo, quien por lo que respecta al arte español del quinientos, siempre parece llamado a asumir más y más responsabilidad, pese a lo breve de su estancia. Suyo podría ser el proyecto de ordenación de las huertas de Picotazo. Este terreno estaba delimitado por el curso irregular de los ríos Tajo y Jarama, que confluían allí, y albergaba el acceso principal a las posesiones reales que se hacía a través del puente de las Isla. Toledo diseñó un trazado que ordenaba del mejor modo posible el espacio entre dicho acceso y las orillas de los ríos: su solución se basaba en el empleo de ángulos de treinta grados para crear una trama de triángulos; de ese modo era posible someter los espacios irregulares determinados por las curvas de los ríos, lo que no se hubiera logrado con igual fortuna aplicando una cuadrícula. Este esquema se repite simétricamente al otro lado del acceso principal, donde el terreno se abre, y da la pauta para su posterior desarrollo en longitud. Se crea así un modelo geométrico de gran belleza: un panorama de largas avenidas arboladas que desembocan en plazas semicirculares adosadas a los márgenes del río o que se cruzan entre sí originando rotondas de múltiples perspectivas.

Un paisaje agrícola

La actividad del hombre modificó un paisaje natural en el que los sotos y bosques lo eran todo para convertirlo en un territorio en donde la huerta producía flores y frutas, hortalizas y plantas medicinales de una variedad inusual.
Los cultivos más originales y representativos de la huerta de Aranjuez, aunque nunca llegaron a ser los de mayor extensión ni mayor rendimiento, son la fresa, el fresón, el espárrago y la alcachofa. La fresa es una variedad llamada ‘fragania’, que es espontánea en la ribera del Tajo, de fruto pequeño, muy azucarado y aromática, muy apreciada. El fresón conocido como ‘mariguín’ puede ser considerado indígena por haber adquirido con el tiempo caracteres propios. Se atribuye la introducción del espárrago de Aranjuez a Esteban Boutelou, procede de Holanda y llegó a principios del siglo XVIII. La alcachofa ha protagonizado en estas huertas sucesivas apariciones y desapariciones a lo largo de la historia.

La actividad se ha organizado tradicionalmente mediante cultivos intensivos en parcelas de mediano o pequeño tamaño con rotación de cereales, leguminosas, tubérculos y hortalizas. Todo ello se desarrolla en un valle recubierto por un manto de aluviones, arenas finas y arcillas que dan como resultado un suelo de fertilidad que muchos han considerado irrepetible.

El riego permite la transformación del soto original y la pradera en huerta y en jardín. Los canales imprimen en el paisaje ‘un sello de naturaleza sumisa, dócil al hombre, de tierra en domesticidad. Sus líneas son uniformes y regulares, con tendencia a la recta, y eliminación de los meandros en los que el río divaga perezoso y con holgura’.

Los árboles y jardines de Aranjuez: La aclimatación de especies exóticas.

De entre todas las maravillas de Aranjuez, es sin duda su arbolado la más destacada. La imagen de este lugar que guarda el viajero se enreda en su memoria de altísimas ramas de frondosidad y colorido que en primavera o en otoño evolucionan vertiginosamente. Estos árboles descomunales se encuentran, en sorprendente cantidad, desperdigados por los antiguos y complicados jardines o también alineados, en orden geométrico perfecto, en algunos de los innumerables paseos y calles que aparecen en todas direcciones.

Pero, si Aranjuez fue bosque espontáneo y la naturaleza por sí sola lo colmó de abundancia vegetal, los principales ejemplares que hoy se conservan tienen la particularidad añadida de un origen exótico que hace doblemente asombrosa la majestuosidad de su presencia, vigor y magnitud.

Con ocasión de la conmemoración del centenario de Felipe II en 1998 fueron publicadas diversas monografías que ponen de manifiesto la afición del rey por las flores y las plantas. La pretendida austeridad de su carácter o severidad de sus gustos contrastan con el descubrimiento de ese entusiasmo real por la botánica.

La ciencia botánica tenía para el monarca español un indudable interés adicional pues, padeciendo desde niño horribles enfermedades crónicas, procuró facilitar en lo posible a sus médicos el descubrimiento de nuevos fármacos que aliviaran de paso sus frecuentes dolores e indisposiciones. Andrés Laguna, traductor y comentarista en 1555 del Dioscórides, en una carta al rey, solicita la creación de algo que podría interpretarse ya como un jardín botánico, contemporáneo de aquellos otros de Pisa, Papua, Leizpig, Leyden, Oxford o Montpellier. También en España, otras ciudades como Sevilla y Valencia contaron con importantes colecciones e instalaciones en el siglo XVI, pero la presencia y el propio interés de Felipe II en y por Aranjuez, le impelían a ordenar constantes envíos a ese destino de una variedad inusitada de especies.

Es posible que el Jardín Botánico de Aranjuez no pueda considerarse tal en realidad, en el sentido que actualmente se le da a esas dos palabras, pero también es cierto que en el siglo XVI la taxonomía aún no se había desarrollado como luego lo hizo en el XVII con Ray, Magnol o Tournefort o en el XVIII con Linneo y Adanson. Lo que es indiscutible es la relevancia de España como primer país receptor en aquel siglo de exotismos americanos y orientales o la de Aranjuez como centro de aclimatación y cultivo de nuevas especies o de emisión y difusión de los excelentes y curiosos resultados obtenidos. Podrían mencionarse personalidades como Nardo Antonio Rehecho, destilador en Aranjuez y a cuya mano se debe lo que se ha conservado de la monumental obra del naturalista Francisco Hernández

Ya entonces los visitantes manifestaban su asombro. En 1594, Camilo Borhuese afirma que ‘hay allí infinitos árboles traídos de las Indias y es además abundante en toda clase de frutas que allí se encuentran de las cuales es distinta una especie de la otra, con anchas y largas avenidas que tienen a los lados árboles que preservan del sol; y estos paseos, que son cincuenta y ocho, están llenos de árboles diversos’.

Si los olmos y álamos habían sido siempre abundantes, en la segunda mitad del XVI se hicieron traer moreras, fresnos, nogales, sauces, almendros y una increíble variedad de plantas ornamentales y frutales procedentes de los diversos rincones de la península y de Flandes.

Esteban Boutelou, ya en 1806, cuenta cómo ha ‘registrado los anillos leñosos de estas especies ,que se han derribado modernamente, y he contado bien manifiestos desde doscientos y quince hasta doscientos y cuarenta círculos o lechos concéntricos de madera’.

Algunos de aquellos enormes olmos llegaron hasta hace muy poco y fue la grafiosis quien los abatió. Joseph Townsend, originario de un país de grandes olmedas, viajó por España entre 1786 y 1787 y describió Aranjuez diciendo que ‘su gran extensión y las dimensiones de sus olmos, los más grandes que nunca he visto, hacen que todo tenga esa clase de magnificencia que sólo produce placer’.

Por supuesto que no debe confundirse la historia de las plantas con la de la jardinería, Pero los jardines de Aranjuez contienen, entre tantas y distintas cualidades, estilos y antigüedad, un pasado compartido y protagonizado por la sucesiva aparición en escena de flores, arbustos y árboles que , procediendo de ultramar, encuentran su acomodo y su sitio a lo largo del lento transcurrir de los tiempos. El de la Isla es un modelo de jardín cerrado y secreto. El del Parterre fue resultado de un compromiso entre el clasicismo francés, condicionantes del lugar y una cierta tradición de jardín manierista adornado con estatuas que sufría frecuentes modificaciones. El del Príncipe es un jardín de jardines que va creciendo mientras incorpora en sus diseños o trazas diversas modas o distintos episodios de los siglos XVIII y XIX. Durante la segunda mitad del XIX y primera del XX surgen dispersos multitud de interesantísimos y modernos jardines de los que apenas se conserva el de Isabel II.

Desde un punto de vista europeo, la historia puramente vegetal de la jardinería es en gran medida la historia de las expediciones botánicas y de los métodos o técnicas de aclimatación de especies llegadas de extraños lugares. Puede esta apasionante historia resumirse en tres etapas diferenciadas: una primera que va desde los orígenes hasta el descubrimiento de América por los europeos, una segunda desde ese momento hasta el siglo XIX y otra tercera cuando ya es posible realizar descubrimientos botánicos en cualquier punto del globo y éstos se producen con cierta intensidad en Asia, África y Oceanía. De aquella primera etapa se suelen nombrar episodios tan conocidos como las expediciones ordenadas por la reina Hatshepsut en Egipto. Pero son las segunda y tercera las que aquí nos interesan, por las consecuencias tan determinantes que tuvieron sobre el paisaje de Aranjuez. El descubrimiento de la flora americana supuso una auténtica revolución en la horticultura productora de alimentos como en la destinada a la ornamentación o a los jardines. Algunas de dichas plantas llegarían también a reproducirse con el tiempo de manera espontánea invadiendo territorios en competencia con la vegetación estrictamente autóctona.

Ya Cristóbal Colón identificó plantas como la canela, el algodón o el cacao. La primera expedición significativa fue la Francisco Hernando, que recorrió México durante siete años con resultados muy celebrados. Pero es sobre todo en el siglo XVIII cuando la actividad científica de los españoles se hace más intensa en ultramar. Se tiene noticia de más de cincuenta grandes expediciones al llamado Nuevo Mundo y algunas más a otros continentes que se estaban explorando durante el siglo XVIII. Entre estas últimas puede mencionarse la de Juan de Cuellar, botánico real nacido en Aranjuez, a Filipinas en 1785.

Son plantas del este de Norteamérica, principalmente Luisiana y Florida, y del norte de México las que se introducen con mayor fortuna en Aranjuez. Mucho se ha escrito sobre la idoneidad de esta vega para la aclimatación de aquellas especies, procedentes de suelos pantanosos y veranos tórridos como el nuestro. Mencionaremos a continuación algunos de los casos más exitosos a la vista de cómo han llegado aquellos ejemplares a nuestros días.

En 1778 se introdujeron en Aranjuez una buena cantidad de Platanus occidentalis L. procedentes de Louisiana; Platanus orientalis L. que vinieron a través de Francia; y una variedad que subsiste, procedente de Italia, que es el Platanus cantabrigensis Hernry. También por aquel entonces llegaron semillas de la acacia de tres espinas (Gleditsia triacanthos L.) o de distintos pacanos (Carya ulionensis, Carya sp.). En 1783 llegan el ciprés calvo o ahuehuete (Taxodium mucronatum) o el árbol tulipán (Liriodendron tulipifera L.). En 1784 se aclimataron distintos arces americanos como los Acer rubrum L Acer saccharinum L, Acer Canadensis o el arce euroasiático (Acer tartaricum l) y en 1788 el Acer pensilvanicum L.

De 1786 es el nogal negro (Juglans nigra L.). En 1789 se introducen semillas de guayacán de Virginia o paqueminero (Dyospiros virginiana) y los castaños americanos (Aesculus flava, sinónimo de Aesculus octandra …)

Veintiocho ejemplares de diversas especies existentes hoy en Aranjuez han sido incluidos en el catálogo de árboles singulares de la Comunidad de Madrid. Muchos otros presentan los mismos méritos de aquellos que fueron elegidos presumiblemente por representar ejemplos de lo que aquí se repite una y otra vez. También podría sugerirse creación como figura legal de protección de la alineación singular, que en Aranjuez presenta casos tan extraordinarios como las de las calles de la Reina , de Toledo, de Lemus o de Joaquín Rodrigo.

La mayor parte de los mejores individuos y grupos pueden ser observados en el jardín del Príncipe.

El ahuehuete de los Chinescos tiene 6,30 m de circunferencia del tronco a 1,30m. de altura, 11, 65 en la base, 45 m. de altura y 27 m de diámetro de copa. Pero hay alineaciones de esta misma especie en individuos aislados aún mayores. De entre los cuarenta y ocho pacanos, el Macho puede que sea el árbol más alto de los existentes en los jardines españoles, con 58 m. En Aranjuez viven ochenta ejemplares de Liquidambar orientales, alguno de ellos alcanza 35 m de altura y 7,2 m de circunferencia de copa, los guayacanes de Virginia superan los 35 m.

Las guilandinas (Gymnocladus dioicus) se han adaptado tan bien que se han convertido en árboles invasores, con ejemplares que llegan a los 40 m. La lista sería interminable. Baste decir que el jardín del Príncipe contiene trescientas treinta y ocho especies distintas entre las pertenecientes al grupo de las vasculares leñosas (árboles y arbustos).

Texto obtenido del libro ‘Aranjuez, paisaje cultural’ editado por la Fundación Puente Barcas y la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid

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