El Aliso se despide y presenta a la Encina

ALISO.– Aquí termina mi exposición y cedo la palabra a mi venerable prima, la generosa y frugal Encina, que retomará la historia de Zeus donde yo la dejé y nos presentará al conjunto de dioses olímpicos tal y como quedaron configurados en las obras del poeta agricultor Hesíodo y en las de Homero, que parecen escritas por las mismas Musas de deliciosa voz.
Conozco bien a la Encina de increíble resistencia y sé de sus virtudes, entre las que se encuentra la humildad. Y como creo que ésta ha de ser un impedimento para que nos hable de sí misma, seré yo quien proclame aquí que si existió un árbol ilustre en el mundo europeo antiguo ése fue la Encina, creadora de paisajes singulares.
Los galos tenían una veneración tan grande por la Encina, árbol nutricio de múltiples razas de seres vivos, que no sólo hacían de ella el templo de la divinidad, sino que lo veneraban también como a una diosa en sí misma. Hasta el presente han llegado estelas con la inscripción “Dios Encina” de dos mil años de antigüedad. Resalto esto porque sé que para los humanos dos mil años son una eternidad. Para algunos de nosotros los árboles, sin embargo, dos mil años significan sólo una vida. Yo, Aliso, no soy precisamente un árbol de los más longevos: no supero las doce décadas, pero el Ciprés de compacta y oscura copa y el Pino amante de la luz pueden vivir tranquilamente cuatro o cinco siglos. La vida de la Encina, protectora del suelo, puede extenderse a mil años, hablando siempre en cómputos de tiempo humanos.
Entre los griegos la diosa-encina era símbolo de la fuerza. La clava o maza de Heracles, sin ir más lejos, era de madera de dura encina.

ACEBUCHE.– Ese punto es muy discutible.

ALISO.– Antes de que me calle por fin, dejadme que dé una prueba fehaciente de la sacralidad de nuestra admirada amiga, la Encina monumental, que es arte vivo. El lugar que hoy ocupa el Vaticano en Roma fue un paraje venerado desde la más remota antigüedad. Donde se levanta la Basílica, que tantas bellezas atesora, antes vivió una encina centenaria.
Ya es hora de que yo guarde silencio y le ceda la palabra a la Encina. Ahora, fagácea protectora de tórtolas, palomas torcaces, coloridos rabilargos y elanios azules, comienza a hablar, por favor.

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