Cipariso convertido en ciprés. Ovidio

Ovidio

Cipariso convertido en ciprés

… Había un corpulento ciervo dedicado a las ninfas de los campos de Cartea, el cual tenía unas astas de tal elevación y anchura que le servían de sombraje a su cabeza; las astas resplandecían con el oro, y de su delgado cuello iba pendiente hasta los brazuelos un collar de piedras preciosas. Un medallón de plata colgaba sobre su frente, sujeto con unos pequeños lazos de cuero, y de sus orejas pendían también sobre las sienes dos arracadas del mismo metal. Este ciervo domesticado y acostumbrado a no conocer el miedo, solía entrar en las casas y presentar su cuello aun a las manos desconocidas para que lo halagasen; pero no obstante, a nadie le agradaba tanto como a tí, Cipariso, joven el más hermoso de toda la isla de Cos. Tú cuidabas de llevarlo a los pastos más abundantes y a las fuentes más cristalinas. Unas veces entretejías sus astas con variedad de flores, otras, acomodándote en su espalda, ibas con él de una a otra parte, enfrenándole con un cabestro de color de púrpura.

Un día de estío, a la hora del mayor calor, se echó el ciervo sobre la hierba, viéndose muy fatigado, para tomar un poco el fresco a la sombra de los árboles. El muchacho Cipariso, sin saber lo que se hacía, le atravesó con una aguda flecha, y viéndole expirar de aquella cruel herida, quedó sobrecogido de tal tristeza y desesperación que resolvió darse a sí mismo la muerte. ¿Qué de cosas no le dijo Febo para consolarle?Le amonesta para que no se abandone a tanto sentimiento por una cosa de tan poca consideración; pero él seguía entregado a sus gemidos y sentimientos, pidiendo a los dioses que por último don le concediesen que jamás interrumpiese sus lágrimas. A puro llorar vino a derramar su sangre por los ojos y sus miembros empezaron a tomar un color verde, a transformarse en erizada melena aquellos hermosos cabellos que poco ha pendían de su nevada frente, y endureciéndose poco a poco se elevó mirando rectamente al cielo, angostándose la copa hasta rematar en punta. Fue muy sensible a Apolo esta transformación de que había sido testigo, y suspirando: “Yo lloraré tu pérdida -le dijo-, Cipariso; tú llorarás la de otros y asistirás siempre a los lúgubres llantos”.

Ovidio. Fábula IV de “Las Metamorfosis”

 

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