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Bucear en la Vegetosfera como desintoxicación de la ciudad

Necesitamos  baños verdes que regularmente nos desintoxiquen de la ciudad

Extracto de la conferencia de Antonio Matamala ‘Viajar por la Vegetosfera’

Pertenecemos a  una naturaleza que primero fue química y más tarde vida, tanto vegetal como animal.

No lo podemos negar: estamos fabricados con agua y poco más. Se estima que un 96 % de nuestro organismo se compone de 4 elementos en particular: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno, mayoritariamente en forma de agua. El 4 % restante lo componen otros pocos elementos y bien podríamos decir que el 99 % del cuerpo está compuesto por 6 elementos: oxígeno (65%), carbono (18%), hidrógeno (10%), nitrógeno (3%), calcio (1,5%), y fósforo (1%).   

Pero al mismo tiempo somos una naturaleza viva, que nace, crece, se traslada, aprende, sufre, ama y muere. Somos la vida misma porque el agua oceánica, casi mineral, la creó mediante una compleja síntesis de moléculas que buscaron autonomía y nuevos proyectos de vida conjunta.

Venimos del agua.

Todo nuestro cuerpo animal fue conformándose a unas características naturales que nos hicieron evolucionar   como peces, ranas antes de ser príncipes, reptiles, aunque no demonios y luego mamíferos sin alas, pero ni ángeles ni vampiros. “La ontogénesis refleja la filogénesis”, nos confirmaba  algún profesor de ciencias  cuando, irreverentemente, nos decía que aquellos renacuajos que veíamos en una radiografía éramos nosotros nadando en  líquido amniótico. La naturaleza nos ha hecho así. Y somos tan naturales y acuáticos como las amapolas, las transparentes medusas o cualquiera de nuestras mascotas. El biólogo Neil Shubin, otro irreverente para algunos, nos provoca con su obra “El  pez interior” demostrándonos  que la mayor parte de nuestro cuerpo se fraguó dentro del agua.

“El estudio del  Tiktaalik (“gran pez de agua dulce”) es el eslabón perdido (y ahora hallado) que preparó la conquista de la tierra y el desarrollo del linaje de animales al que, en última instancia, pertenecemos, el fotograma central de la transformación de los peces en anfibios. A partir de aquí comenzó un desarrollo que, aunque fue creando animales cada vez más complejos, comparte un mismo inicio, un origen común. La presencia de cuello, las muñecas, las enfermedades, los oídos, la evolución de los ojos, etc… demuestran que la mayor parte de nuestro cuerpo tiene sus ancestros en los peces”

A nadie le debería extrañar, por tanto, que sea la sed nuestra motivación y necesidad vital fundamental.  Podríamos vivir algún tiempo sin comer, pero mucho menos sin beber. Tal es nuestra necesidad de agua que bien podríamos decir que es quien nos absorbe con fuerza, más que nosotros a ella. El agua nos quiere hace suyos de nuevo y todo lo que la constituye como mar,  nubes, lluvia, manantiales y ríos ejerce sobre nosotros una atracción irresistible. Como si nos exigiese devolverla ese pez que hay dentro de nosotros.

En realidad es el agua en forma de vida a lo que llamamos naturaleza; la dulce de lagos y ríos y el agua “convertida en verde” que forma lo que nos ha gustado llamar vegetosfera y que constituye un inmenso depósito que la acumula y permite transformarla en materia sólida  mediante aire, sol y tierra. Y también el agua salada y ondulante del mar, que ni siquiera necesita tierra para “producir” millones  y millones de toneladas de seres vivientes. La vegetosfera permite la vida de millones de animales secos o salados, terrestres o marinos, incluso humanos (a todos los que nos llaman “heterótrofos” porque para vivir necesitamos comer “autótrofos”, ya que no sabemos  obtener nuestra comida de las piedras).

Y necesitamos substancialmente la vida de otros para vivir.

Incluso los minerales más imprescindibles los obtenemos de otros seres vivos, sean carnívoros o herbívoros, aves, peces o mamíferos, que los consiguieron a su vez de los vegetales. Son los seres vivos vegetales los que reponen nuestra naturaleza mineral y será a través de ellos como consigamos ese 0.25 % de potasio para regular los latidos del corazón y  la señalización eléctrica de los nervios, el 0,25 de azufre para dar forma a las proteínas, o el 0,15 de sodio y cloro tan importantes para mantener el equilibrio normal de líquidos en el organismo. Incluso las minúsculas cantidades de magnesio 0,05% o de hierro 0,006% que nos son imprescindibles para realizar correctamente nuestras funciones metabólicas y transportar oxígeno en las células rojas de la sangre.  Así que buscaremos las semillas de girasol, calabaza o sandía, el cacao o los anacardos y no olvidaremos las lentejas para reponer nuestras carencias en estos elementos.

Así que nuestro “amor por la vida” es pura necesidad de naturaleza

Erich Fromm inventó  la palabra biofilia para designar nuestra obvia y enorme dependencia de los seres vivos,  como opuesta a la de “necrofilia” inventada por Miguel de Unamuno. Biofilia significa, por supuesto, amor a la  vida. Para Fromm, ese amor a la vida es la esencia de la ética humanista y es un tema central en toda su obra. Fromm considera que para  que la humanidad sobreviva es crucial una actitud productiva, creativa y cuidadosa de amor, respeto, ahorro, cuidado de la vida y de lo vivo como manifestación de salud mental.  

¡Más nos valdría atender este deseo!. Pero nuestra naturaleza animal nos juega una mala pasada porque se impone a la naturaleza de persona, esa que habla de necesidades, ética, conservación, respeto, ahorro, amor o pensamiento.

Como  humanos- animales vamos por otro lado distinto al que nosotros mismos nos aconsejamos como humanos-persona, así que ni respetamos nuestras necesidades de oxígeno y agua, ni pensamos en cómo cuidar y conservar la vida y mucho menos la amamos.

Nos enorgullece pensar que estamos en “la sociedad del conocimiento”  en la que prácticamente todo lo sabemos, incluso nuestra composición natural del genoma, pero no nos preocupamos por  construir una “sociedad del comportamiento del bien para todos”. Con una actitud algo idiota vamos contra nosotros mismos,  resistiéndonos a un estadio de evolución que priorice la conservación de la naturaleza, incluyendo la nuestra propia mediante un “cerebro social y ético”.

Poco a poco fuimos alejándonos de la naturaleza  

Hasta hace relativamente poco tiempo, recién estrenados como homínidos, nuestra unión con la naturaleza externa a nosotros mismos era muy estrecha. Ni siquiera teníamos puertas o ventanas con las que aislarnos del viento frio y su ruido cuando ululeaba fuera de nuestras cavernas. Casi éramos uno e indiferenciados con el bisonte o el mamut. Según nos disfrazábamos, bailábamos y repetíamos conjuros rituales, podíamos apoderarnos de las ventajas de otras naturalezas vivas o ya muertas e interiorizarlas como una energía que nos proveía de motivación, confianza y sabiduría. No existía separación entre la naturaleza y nosotros. En un envolvente animismo, los árboles nos miraban y hablaban, la luna nos seguía en las noches claras y los dioses a los que teníamos contentos eran los fenómenos naturales que a veces nos favorecían y otras nos castigaban (vaya Vd. a saber por qué). Lo más “natural” era hablar con todos los demás seres, trasmitirles nuestra alegría o enfadarnos cuando nos frustraban. Nosotros éramos uno más.

La naturaleza nos fue conformando con sus ritmos circadianos y estacionales y nos obligó  a bailar con ella mediante otros ritmos biológicos de sueño, hambre, eliminación y otras necesidades. Los peligros, alegrías, sorpresas, éxitos y fracasos que, como especie supimos convertir en supervivencia,  modificó nuestro ser más íntimo, ese tan genial y enredado del que presumimos porque conforma nuestro ADN y nos proporciona una individualizada identidad.  

Hace  miles de años que se extinguieron los mamuts, los tigres dientes de sable o los osos de las cavernas a los que perseguíamos como cazadores en una naturaleza salvaje. Y también abandonamos hace miles de años la etapa de recolección de frutos que como a los lirios del campo, sin que apenas hiciésemos otra cosa que alargar el brazo,  nos eran ofrendados por una naturaleza pródiga, inacabable, siempre renovada y hábilmente aprovechada por nuestra inteligencia.

Pero, siempre insatisfechos, nos fue más útil inventarnos otra naturaleza todavía más doméstica, al lado de casa, sumisa y  más generosa, así que quemamos bosques y acotamos el campo sembrándolo de cereales y árboles frutales. Y con otros seres vivos hicimos lo mismo. Domesticamos al perro que nos ayudó a asustar a las ovejas que  querían huir y se enfrentaba al ganado díscolo para llevarlo por dónde queríamos. Encerramos a gallinas, ocas, cerdos, llamas, bueyes, mulas, burros y un sinfín de animales vivos para disponer de ellos a nuestro antojo y así nos permitieron vivir con mayor comodidad y abundancia en el campo, junto a los terrenos labrados,  en pequeños pueblos, caseríos, barracas…casi autosuficientes en la producción agrícola y ganadera. La naturaleza estaba muy cerca, pero ya era una naturaleza modificada, distinta de la salvaje.

Selvas y bosques quedaban fuera, formando “lo otro”, un fondo difuso, proceloso y  desconocido.. . una naturaleza temida pero que constituía un reto: ser también sometida. Así que a los seres vivos que no se dejaban amansar,  los que no nos eran suficientemente útiles o se revelaban contra nosotros, los convertimos en nuestros enemigos procurando su persecución y muerte. Ahora, para encontrar un tigre o un león hay que ir a buscarlo entre los “reservados”

Fuimos nosotros los que, creyéndonos más inteligentes, nos dedicamos a ampliar  nuestras necesidades, sintiéndonos orgullosos de cómo las satisfacíamos, pero provocando, como nos cuenta el mito de la Hidra, que cada vez que cercenábamos la cabeza de un deseo o capricho satisfaciéndolo, surgían más y más que  necesitábamos seguir cortando.

Llegó un momento en que comenzamos a perder el contacto con lo natural

Un nuevo invento nos aseguró una existencia todavía más satisfactoria, más fácil y segura: las ciudades. Las primeras y más antiguas  ciudades del neolítico que surgieron como consecuencia del control de la agricultura, ya subyugaron a muchos de nuestros antecesores ofreciéndoles una vida todavia más sedentaria y cómoda. Y pertenece a esos tiempos, hace decenios de miles de años, la posible distinción del binomio rural/urbano.

Pero no estoy seguro de que a todos nuestros  urbanitas prehistóricos les convenciese del todo el  imparable hacinamiento y muchas de sus consecuencias de suciedad, insalubridad,  trabajo esclavista, dificultades de vivienda, inseguridad ciudadana, etc. que les ofrecían las ciudades y  los espectaculares cambios cerebrales que se les exigía para adaptarse a esas nuevas condiciones: cambiar leyes naturales por sociales modificando el lenguaje, tanto externo como interno.

Si los medios económicos se lo permitían, como a la “gente de bien”  romana, los afortunados alternaban la estancia en la ciudad, donde residía el poder, las instituciones y la diversión con el “huerto” no muy lejano, o la casa de campo (otiun ruri,  que se recomendaba  a los patricios ricos) Incluso los ciudadanos romanos que habían pertenecido a la legión recibían en el momento de su jubilación un pequeño  terreno para cultivar y hacerse autosuficientes fuera de lo artificioso de la ciudad.

Hace tiempo que el modo de producción  industrial y urbano ejerció tal dominación social sobre el medio natural del campo,   que casi provoca su desaparición. La vida en las ciudades ha posibilitado un mejor, más seguro y más rápido acceso a la alimentación,  la educación, la atención sanitaria, las ofertas de trabajo con el que ganarse el sustento y la supervivencia y la proyección profesional y relacional con la  que construimos nuestra autoestima y nos proporcionamos un sentido vital.

Sin embargo, los beneficios de la  vida en ciudad nos exigen la renuncia a nuestro ancestro natural y que la última y más delgada capa de nuestra novísima corteza cerebral consiga imponerse de nuevo y gestionar bien tantos  deseos, instintos y hábitos en un nuevo ambiente urbano y relacional. La ciudad nos impone la obligación de dejar de considerarnos seres naturales y convertirnos en objetos artificiales, elaborados, controlados, pulidos, encerrados, quietos, dóciles, pintados, trajeados, decorados, con tacones, encorsetados, silenciosos y sobre todo alejados de la mayoría de otros seres vivos.

A nuestro alrededor ya no hay osos,  ni elefantes, ni monos, ni pumas…. Ni siquiera  pollos vivos, ni vacas, ni merluzas …Solo algunas palomas a las que castrar, ratones, gorriones e insectos a los que fumigar más o menos voluntariamente…Y carne, mucha carne troceada, embutida o pescaditos y pescadillas bien pescadas, bien muertas…Por eso nos choca tanto el cangrejo de la pescadería, próximo a morir, que todavía mueve sus tenazas con la intención de agarrar alguna molécula de oxígeno. O nos inventamos una gran dependencia de las mascotas, para compensar el tremendo odio que como especie estamos demostrando hacia lo vivo.

“Para la gente urbanizada, la fuente de alimentos y la naturaleza real se está convirtiendo en algo cada vez más abstracto. Al mismo tiempo, la gente urbana es más propensa a sentirse protectores con los animales – o a tenerles miedo. La buena noticia es que los niños se sienten menos dispuestos a matar animales por diversión. La mala que están tan desconectados de la naturaleza que parecen o bien idealizarla o bien relacionarla con el miedo.” (Louv, R., 2005, pág. 134)

No elegimos ni el tiempo ni el sitio donde nacer, por más que nos enorgullezca y presumamos de haberlo hecho dónde y cuándo nos tocó.

Seguramente vivir en la ciudad, para la mayoría de los que ya lo hacemos en ella, ha sido  una imposición de la existencia, una condición adherida a nuestros antecesores y, para muchos de nosotros una suerte que haya sido así por la enorme cantidad de  necesidades que nos satisface.

Si tuviésemos que hacer una selección de los beneficios de vivir en la ciudad hablaríamos de la gran accesibilidad  que nos permite llegar a todos los servicios públicos  y entre ellos, a los más importantes de educación y sanidad. La ciudad  nos abre un enorme campo de ocio y cultura: cines, museos, exposiciones, conciertos… y unido a ello de posibilidades de relación y vida social. Además nos ofrece  gran conectividad: las ciudades cuentan con muy buenas infraestructuras: carreteras, autopistas, transporte público… Esto hace que ir de un lugar a otro sea rápido y sencillo, sin contar con la  imprescindible conectividad del de las “nuevas tecnologías”.

Pero también somos conscientes de que en las ciudades predominan imponentes moles de asfalto, cemento y acero, que en verano actúan como superficies de absorción de calor y tapan gran parte del espacio aéreo privándonos de disfrutar de aquellos  elementos del paisaje natural que podrían ofrecernos una amplia gama de colores y formas. Apenas dejan al descubierto el cielo, lo que reduce la confortabilidad y nos provoca frustración al robarnos lo que antaño era nuestro más entrañable  tesoro del medio natural.

Vivir en la ciudad no es bueno para la salud, aunque no fumes.

La población humana en la ciudad crece a una tasa mayor que en el campo (a menudo por movimientos migratorios), esto origina necesidades urgentes que aumenta la oferta de empleo, pero encarece el coste del terreno que  se necesita para construcción de viviendas y servicios y reduce el espacio de las áreas de esparcimiento, lo que impacta en la calidad de vida de la gente.

Estamos inmersos en un fuerte conflicto: por una parte no podemos conseguir  los beneficios de la civilización si no nos desconectamos de la naturaleza, pero es  también esa “desconexión” del modo de vida “natural” la causa de que la añoremos, nos sintamos desarraigados y deseemos con vehemencia volver a pertenecerla.

Los psicólogos sociales aseguran que vivir en áreas urbanas nos suele convertir en personas individualistas, independientes y poco caritativas, mientras que la vida en zonas rurales aumenta la empatía, la solidaridad y el compañerismo. Es posible que la prisa del día a día entre edificios y avenidas nos haga más solitarios y anónimos

Pero ¿Sufre la población rural menos trastornos psicológicos, como ansiedad o depresión, asociados a veces a la agitada vida urbana? Los estudios no son concluyentes, pues si bien el número de casos diagnosticados en la población rural es mucho menor que entre la población urbana,  el consumo por habitante de ansiolíticos, antidepresivos u otras medicinas psicoactivas es similar a los consumidos en la ciudad. Puede que ello se deba a factores ajenos a la frecuencia de trastornos y más a que se diagnostiquen menos las enfermedades psíquicas por falta de profesionales, o que exista más  automedicación en las zonas rurales o que la relación medico/paciente en un pueblo sea más estrecha y el médico, con mayor conocimiento del paciente prescriba medicación sin un diagnóstico.

Lo que  sí que parece comprobado, tras más de una década de investigaciones de científicos del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, es que la naturaleza es un componente esencial para una buena salud y un factor influyente en el comportamiento humano. Según los investigadores, en zonas donde hay espacios verdes, la gente es más generosa y sociable y existen fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y una mayor voluntad de ayudar a los demás. En cambio, en entornos con menos zonas verdes, el índice de violencia, crimen y delitos contra la propiedad es mayor.   

Cuando idealizamos la “vida natural”  añorando lo que puede ofrecernos el campo, subrayamos aquellos elementos que operan en favor de la salud ( por ejemplo alimentos más frescos y saludables, menos sedentarismo,  menos contaminación…etc.) Pero también es cierto que cuanto más nos alejemos para vivir en los “locus amenus” que anhelamos, más se reducen nuestras posibilidades de acceso a servicios médicos de alta complejidad.

En una investigación llevada a cabo por la Sociedad Española de Medicina General por Fernando Pérez Escanilla,  se concluye que la población del medio rural sufre un menor riesgo de cáncer, hipertensión y trastornos psiquiátricos que la población de ciudad, pero en cambio más enfermedades infecciosas y más infartos mortales, sobre todo por la demora en la atención médica ya que uno de cada cinco infartos en el campo es mortal porque llega tarde la ambulancia de urgencia (El tiempo de intervención medio de los servicios de emergencias en los 25 pueblos estudiados es de 48 minutos, frente a los 10 minutos registrados en Madrid, según el estudio)  

Respecto del cáncer, el porcentaje español de mortalidad es del 5%,  el doble del registrado en los pueblos estudiados, 2,41%. Y la diferencia aún es mayor en el cáncer de pulmón: el 2,4% en el campo por el 7,9% de media nacional.

‘Son muchos los factores que influyen en la aparición y el desarrollo de un cáncer, pero sin duda algunos de ellos son ambientales, como la exposición a sustancias contaminantes o el distinto ritmo de vida que se da en una ciudad y en un pueblo. De estos datos, hay que concluir que los factores ambientales que influyen en el cáncer juegan a favor de la población rural’, afirma Pérez Escanilla.

Pero tampoco todo el campo es salud

Ahora bien, la incidencia de las enfermedades infecciosas es notablemente superior en el campo. Así, el 15% de los fallecimientos en el ámbito rural se producen a consecuencia de una infección respiratoria, mientras que en el urbano ese porcentaje es de casi la mitad. Esta proporción se mantiene también en la prevalencia de enfermedades infecciosas  como la tuberculosis, la brucelosis y la gastroenteritis. ‘Varios factores lo explican. Primero está la mayor exposición a las inclemencias meteorológicas y a todo tipo de focos infecciosos que se da en el campo, en comparación con un medio urbano, que está más contaminado pero es más aséptico. También influye el mayor consumo de agua de pozos y manantiales y el de alimentos sin ningún tipo de control sanitario, con el lógico riesgo de contaminación bacteriológica. Finalmente, están las peores condiciones de habitabilidad de muchas viviendas rurales’, explica Pérez Escanilla.

Como podemos comprobar  no todo el campo es salud, ni siquiera mental, (algo que ya llevábamos tiempo sospechando al observar el comportamiento de los protagonistas de “Supervivientes” ). Puede que sean esos inconvenientes de anti-salud los que hayan disuadido a los madrileños y se haya reducido el  número de “neorurales” que hace algún tiempo estaban tan en moda.

 

Un nuevo movimiento emigratorio que huye de la ciudad.

La solución encontrada, de nuevo por quienes poseen medios económicos  para llevar a cabo las ocurrencias creativas, es construir miniprivilegios de ciudad envueltos en burbujas verdes privadas,  muy cercanas a la arena de las playas o envueltas en el aire frio de las montañas. A esta invención la hemos llamado “chalet”. El chalet es una vivienda que acota la naturaleza mediante vaya verde, jardín  y agua limpia con lejía. La cercanía a la ciudad permite gozar de sus beneficios, al tiempo que su lejanía deja ver las estrellas y darse baños de satisfacción por poseer tal propiedad. Podríamos decir que “la segunda vivienda”, sea o no chalet individual,  pareado o simple piso, ha solucionado el agobio de la ciudad a un 37% de españoles según datos de “El idealista/news”

Habría que enterarse bien, ya que un alto porcentaje de estos propietarios no llegan a cumplir sus legítimos deseos, al menos diariamente. Para beneficiarse de las bondades que les ofrece su hábitat  muchos de ellos deben permanecer encapsulados y en fila durante largas horas para llegar a puestos de trabajo en los que apenas existen “rasgos biofílicos”, ni siquiera un metro cuadrado de hierba o un ramo de flores. Allí permanecerán hasta volver de nuevo a encapsularse y ponerse a la cola de salida  y en algunos casos llegarán a su casa tan cansados que les costará encontrar la Osa Mayor, por mucho que miren el cielo tumbados sobre el césped. A parte, el trasiego en el ir y venir dispara el riesgo de accidentes y la necesidad de disponer permanentemente de la cápsula aumenta la contaminación ambiental de la que habrá que alejarse poniéndose de nuevo en la fila de huida. Tampoco será despreciable la cantidad de horas extras necesarias para no ser deshauciado…

La vida en las ciudades  disminuye la confortabilidad o el esparcimiento debido a la falta de lugares naturales, pero sobre todo es poco saludable por múltiples factores, entre ellos la exposición permanente a contaminantes ambientales  de toda índole, físicos, biológicos, químicos y psicológicos.

De entre los factores ambientales  más contaminantes podemos destacar algunos por su influencia directa en la provocación o incremento del estrés, como es el caso de la  contaminación sónica: vehículos, aviones, maquinarias, la música a todo volumen, las pantallas, el tono tan elevado de conversación y cientos de ruidos que incluso permanecen en horas  que deberían dedicarse al descanso. El ruido produce efectos psicológicos dañinos como son interrumpir el sueño (cuando la intensidad supera los 70 decibelios), disminuir el rendimiento laboral y provocar un constante estado de ansiedad. Se dice que las generaciones jóvenes de hoy serán futuros sordos, pues cada vez es mayor el ruido de las ciudades.

Los habitantes de grandes ciudades se quejan de sentirse también  abrumados por los carteles iluminados, la contaminación del aire con toxicidad letal,  malos olores, humos y entorno industrial, las condiciones climáticas extremas de calor o frio excesivo, demasiada humedad o sequedad,  la falta o exceso de luz solar, una mala visibilidad, espacios reducidos, estrechez, aglomeración humana, falta de intimidad y un entorno desagradablemente antiestético por suciedad y  desorden.

La contaminación ambiental es nuestro último invento para destruir la naturaleza.

La relación del hombre con su ambiente se ha visto afectada  por el proceso urbanístico, lo que ha llevado a la destrucción de áreas verdes para dar paso a nuevas construcciones habitacionales.

Hablamos de contaminación medioambiental  cuando determinados cuerpos y sustancias están constituidos por materiales e ingredientes  cuya descomposición puede afectar la salud y el bienestar de la comunidad gravemente.

La  contaminación medioambiental ”en” las ciudades y “debido a” las ciudades no hace más que empeorar. Los daños  y costes ambientales resultantes ponen en peligro no solo la salud y la calidad de vida de sus habitantes, sino la propia existencia de las ciudades, que se han convertido en  graves “zonas rojas “ que requieren de atención urgente.

Los recursos naturales (agua, aire, bosques, minerales, tierra), vitales para el desarrollo económico de las ciudades y de futuras generaciones, se pierden o malgastan mediante políticas urbanas inapropiadas y los sistemas y servicios urbanos ( agua potable, saneamiento, transporte público…) se congestionan cada vez más debido al crecimiento demográfico y al comercial e industrial desaforado.

Al mismo tiempo, aumenta el impacto de las ciudades sobre los recursos que se hallan lejos de sus límites y las mismas  áreas urbanas se encuentran inundadas y asfixiadas por sus propias emisiones como resultado de políticas y prácticas inadecuadas de control de la contaminación, hasta el punto de que los mayores riesgos de salud en muchas ciudades de los países en desarrollo, aún se encuentran ligados al tradicional problema de la eliminación de excrementos.

Nos referimos a la contaminación del agua depurada por canalizaciones obsoletas, a la disolución y decantación  de barros o mala depuración en su tratamiento; la contaminación de las aguas domésticas; la fuga de materia orgánica fermentable de las fosas sépticas; el vertido de aguas usadas no depuradas del alcantarillado; los vertidos de aguas de las coladas (fosfatos); el lavado de los suelos urbanos saturados de contaminantes diversos; la filtración de productos nocivos debida a descargas incontroladas… etc. No puedo por menos que lamentar aquí tantas muertes prematuras de arbolitos recién plantados que han tenido la mala suerte de ofrecer sus alcorques a los cubos llenos de detergente y agua sucia que sobra después de fregar el portal de enfrente, y que representa un ejemplo a pequeña escala de lo que ocurre con los millones de toneladas de vertidos contaminantes que van a ríos y mares.

Los habitantes de las urbes, particularmente los pobres, soportan la mayoría de las condiciones del ambiente deteriorado mediante la pérdida de salud y productividad y la disminución de la calidad de vida.

Necesitamos baños verdes que regularmente nos desintoxiquen de ciudad.

A la vista de este panorama  no podemos extrañarnos de que el deseo de más del 45% de los españoles sea marcharse a vivir a un pueblo de menos de 5000 habitantes y para otro 30%   irse a una ciudad de menos de 50.000. La elección de lugares pequeños para vivir se confirma también cuando les preguntamos a los habitantes de pueblos de menos de 2000 habitantes dónde querrían vivir, pues el 83%  preferirían seguir en su pueblo y solo un 15% de los habitantes de ciudades pequeñas desearían trasladarse a un lugar más grande. Las ciudades grandes, como Madrid y Barcelona solo son preferidas por apenas un 6% de quienes viven en pequeñas.  

En nuestra sociedad del “post”, postindustrial, postfordista y postmaterialista, la relación de oposición entre medio rural y urbano ha cambiado. La ciudad demandó del campo primero alimentos, luego mano de obra y ahora demanda un medio rural como espacio de consumo.

El hecho de que España sea pionera en Europa respecto a su posesión de espacios naturales protegidos como reservas de la naturaleza, que cuente con más de 3000 kilómetros de costa junto con  una extraordinaria variación geográfica, climática y biodiversidad nos permite a los españoles disponer de cientos de zonas rurales que hemos convertido en espacios de ocio, parques, centros turísticos y vacacionales y cuyas funciones vienen “generadas” por el paisaje y por los usuarios no rurales, con independencia por tanto de la asociación clásica de lo rural con la agricultura.

La contaminación artificial solo tiene un antídoto: lo natural, una naturaleza limpia, preservada, mimada y aumentada. A escala global si queremos apuntarnos a la consigna de “vivir bien” a la que nos invitan Bolivia y El Ecuador  deberemos seguir el consejo de Estrella de Diego: “Cuando todo, como ahora, va mal, hay que volver a imaginar otro mundo”

“En su búsqueda de ganancias a corto plazo, la humanidad ha introducido sustancias y organismos a los ecosistemas, no probadas adecuadamente, y se pueden dar situaciones agudas de crisis ecosistémicas no fácilmente predecibles o, definitivamente no predictibles. En interés de su propia comodidad y a nombre del “progreso”, la humanidad puede estar degradando la calidad de su propia especie para el futuro”  

Nuestra apuesta debe ser por la descontaminación y no por una “ revolución  verde” que disimule la falta de voluntad de conservar el planeta mediante falsos adjetivos ecologistas o  falsas e ineficaces medidas económicas. Nuestro empuje debe ir dirigido más bien a impedir el esquilmado de zonas naturales en pro de un desarrollismo anárquico que compromete el futuro. Es hora de frenar el ansia de más bienes, de repartir más justamente los que ya hemos conseguido y de disfrutar de paz y tranquilidad para saborearlos.

“Cuando se hayan cortado todos los árboles, Cuando se hayan cazado todos los animales, Cuando todas las aguas estén contaminadas, Cuando el aire sea irrespirable, Sólo entonces os daréis cuenta de que el dinero no se puede comer”. Profecía Cree. Pueblo indígena de Canadá

A una escala local, estamos obligados a descontaminar las ciudades y no cabe otro medio que ahorrar y reducir el consumo (y no solo el de bolsas de plástico, que también, sino mucho de lo que éstas envuelven y nos es superfluo) y aumentar los espacios verdes públicos y sus beneficios. Con ello no solo reduciremos los riesgos físicos derivados de la contaminación ambiental  sino también determinadas emociones negativas que son causa y a la vez consecuencia de nuestro estrés por la desconexión con la naturaleza.

El poder descontaminante de los parques públicos de la ciudad es un “agua verde” que necesitamos

Los árboles  que viven en los parques, plazas o zonas verdes proporcionan una barrera  a los ruidos de la ciudad creando un ambiente de silencio y permiten que habiten en ellos miles de animalillos y en especial pájaros que nos deleitan cuando cantan, contribuyendo a un ambiente acústico más natural . Y comprendí que tenían necesidad de silencio. Porque solo en el silencio la verdad de cada uno se anuda y echa raíces”. A. de Saint Exupèry

El parque nos ofrece un aire limpio. Los árboles absorben los olores y gases contaminantes (óxidos de nitrógeno, amoníaco, dióxido de azufre y ozono) y filtran las partículas contaminantes del aire, atrapándolas en sus hojas y corteza.  La naturaleza particulada especialmente peligrosa es la compuesta por partículas muy pequeñas que no son detenidas por nuestra mucosidad.

“En 2017 los contaminantes más problemáticos en la ciudad de Madrid fueron el dióxido de nitrógeno (NO2), las partí- culas en suspensión (PM10 y PM2.5, partículas menores de 10 o 2,5 micras, respectivamente) y el ozono troposférico (O3) . Ecologistas en Accion

En un estudio de 2008 realizado por investigadores de la Universidad de Columbia se encontró que los niños que viven en calles con árboles tienen menos probabilidades para desarrollar asma. Este estudio se llevó a cabo en la ciudad de Nueva York, donde la causa principal de ingreso en el hospital para niños menores de 15 años es de origen asmático. Desde entonces la presencia de más árboles en los vecindarios urbanos parecía estar relacionada con una disminución en los casos de asma, y Nueva York contó con unos 500.000 árboles más fuera de los parques y terrenos privados en 2008.  

A partir de la publicación  en 2005 del libro de Richard Louv   “Last Child in de Woods” en la que se acuña el nombre de “síndrome de déficit de naturaleza” diversas investigaciones realizadas parecen confirmar que los niños en contacto con la naturaleza (léase parques, jardines, espacios abiertos.. presentan menos estrés psicológico, tienen una evolución mejor del movimiento y desarrollan mejor la atención (de ahí su disminución de TDH), además de que previene la obesidad y los problemas de miopía

Los árboles absorben el CO2, removiendo y almacenando el carbono y al mismo tiempo liberan oxígeno al aire.  En un año,  media hectárea , unos 180 árboles  adultos puede proporcionar oxígeno para 18 personas. Los grandes bosques de naciones en desarrollo, por su enorme capacidad para fijar el carbono,  son muy apetecidos por multinacionales que los desean “alquilar” para certificar que están “comprometidas” con la lucha contra el cambio climático.

Los árboles refrescan, con su sombra reducen la temperatura hasta 6 grados y liberan vapor de agua al aire a través de sus hojas. Los arboles recientemente plantados requieren unos sesenta litros de agua a la semana y parte de ella nos la devuelven cuando transpiran. También son una barrera protectora de vientos y reducen la sensación térmica de frio.

En un parque, los árboles nos protegen de los  rayos ultravioletas,  al reducir un 50% aproximadamente los rayos UV-B. Absorben el  polvo, el viento y el resplandor. Disminuyen la radiación, pues tienen la capacidad de neutralizar los campos electromagnéticos que pueden producir los celulares, enchufes y otros aparatos eléctricos.

En los parques tenemos la oportunidad de escondernos, de ver sin ser vistos, por lo que nos es más fácil defender nuestra intimidad y seguridad y es una excelente oportunidad para realizar lo que llamamos Détox tecnológico o “desconexión”

Nuestro vínculo con la naturaleza nos exige cuidar  el agua

Entender el valor de la vegetosfera, de ese inmenso depósito de agua verde al que nos estamos refiriendo  nos ayudará a conservarla. Si de verdad queremos conservar la vida debemos cuidar el agua, en todas sus formas  y eso supone proteger el medio ambiente de una degradación adicional muy extendida en las ciudades.

Las Naciones Unidas reconocieron que los objetivos centrados en la reducción de la pobreza, la educación y la salud, no pueden lograrse sin un acceso equitativo y suficiente a los recursos, los más fundamentales de los cuales son el agua y la energía.

La Declaración Ministerial de La Haya de marzo del año 2000 aprobó siete desafíos como base de la acción futura ente los que se encuentran: 1.-asegurar el acceso al agua y a servicios de saneamiento en calidad y cantidad suficientes; 2. Asegurar un uso más eficaz del agua. 3. Proteger los ecosistemas asegurando su integridad a través de una gestión sostenible de los recursos hídricos. 4. Promover la cooperación pacífica entre diferentes usos del. Minimizar una serie de riesgos relacionados con el agua. 6. Valorar el agua identificando sus diferentes valores económicos, sociales, ambientales y culturales. 7. Administrar el agua de manera responsable, implicando a todos los sectores de la sociedad en el proceso de decisión y atendiendo a los intereses de todas las partes. 8.- Promover una industria más limpia y respetuosa de la calidad del agua y de las necesidades de otros usuarios. 9. Evaluar el papel fundamental del agua en la producción de energía para atender las crecientes demandas energéticas. Agua para todos. Agua para la vida.

Es nuestra obligación actuar como si los parques y jardines públicos, con la posibilidad de sus baños verdes,  fuesen una parte de la solución para volver a vincularnos con la naturaleza. Con estas reflexiones VISITARB pretenden contribuir a dos objetivos añadidos a la anterior declaración: 10. Mejorar los conocimientos básicos de forma que la información y el conocimiento sobre el agua sean más accesibles para todos y  11. Tener en cuenta las necesidades específicas de un mundo cada vez más urbanizado.

Haremos  nuestra la reflexión de Savater  “Los ideales humanos se parecen al horizonte. Nadie puede alcanzar el horizonte, pero podemos andar hacia él, y merece la pena encaminarse hacia allí”.  

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Fuentes consultadas

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