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Christian Jacq.

CUASIA

El príncipe optó por la segunda solución.

Cuando divisó unos ibex, gacelas y orix y, a lo lejos, una cuasia de unos diez metros de alto, prometió obedecer siempre a su instinto. El árbol, con abundantes ramas y corteza gris, estaba engalanado con pequeñas flores perfumadas, de color amarillo verde, y proporcionaba un fruto comestible, de carne suave y azucarada, de forma ovoide, pudiendo alcanzar cuatro centímetros de largo, que los cazadores llamaban “el dátil del desierto”. Poseía armas temibles, largas espinas muy rectas, con la punta de color verde claro. El hermoso árbol dispensaba algo de sombra y custodiaba una de esas fuentes misteriosas surgidas de las entrañas del desierto con la bendición del dios Seth.

Christian Jacq. “Ramsés, el hijo de la luz.”

(Cuasia: planta de la familia de las simarubáceas, notable por el amargo sabor de su leño, que se emplea en medicina. Latín quassia)

Christian Jacq.

Didier van Cauwelaert

ABEDUL

Yo tenia la edad de Raoul, y recé tanto, abrazado a los troncos, que Dios o las hadas me concedieron enseguida la vida que me había construído en sueños. Allí seguía yendo a invocar y agradecer las fuerzas que actuaban a mi alrededor … un día descubrí un pequeño arbusto, tendido en mitad del sendero y medio roto por el paso de los ciervos. Lo enderecé y planté una rama gruesa cerca del tronco para sostenerlo a modo de horquilla. A medida que pasaban los meses veía cómo perdía las hojas y le salían otras nuevas, y cómo iba cicatrizando. Hoy es un espléndido abedul, y como recuerdo he dejado allí la rama tutora, que en verano disimula bajo la espesura de su follaje.

Didier van Cauwelaert

Fray Luis de León

CARRASCABien como la ñudosa

carrasca, en alto risco desmochada

con hacha poderosa,

del ser despezada

del hierro, torna rica y esforzada.

Fray Luis de León

Fray Luis de León

Garcilaso de La Vega

HIEDRA

Nemoroso

Corrientes aguas, puras, cristalina;

árboles que os estáis mirando en ellas;

verde prado de fresca sombra llleno;

aves que aquí sembráis vuestras querellas;

yedra que por los árboles caminas

torciendo el paso por su verde seno:

yo me vi tan ajeno

del grave mal que siento

que de puro contento

con vuestra soledad me recreaba,

donde con dulce sueño reposaba,

o con el pensamiento discurría

por donde no hallaba

sino memorias llenas de alegría.

Garcilaso de la Vega. Égloga I

Garcilaso de La Vega

Gerardo Diego

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongozas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad,prodigio isleño;
flecha de fé,saeta de esperanza.
Hoy llego a tí ,riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te ví,señero,dulce firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú,vuelto cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

Gerardo Diego

Jorge Sousa Braga

GRANADO

Yo ya no tengo granados, Platero. Tú no viste los del corralón de la bodega de la calle de las Flores. Ibamos por las tardes … Por las tapias caídas se veían los corrales de las casas de la calle del Coral, cada uno con su encanto, y el campo, y el río. Se oía el toque de las cornetas de los carabineros y la fragua de Sierra… Era el descubrimiento de una parte nueva del pueblo que no era la mía, en su plena poesía diaria. Caía el sol y los granados se incendiaban como ricos tesoros junto al pozo en sombra que desbarataba la higuera llena de salamanquesas …

“Platero y yo” Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Juana de Ibarborou

La higuera Porque es áspera y fea, porque todas sus ramas son grises, yo le tengo piedad a la higuera. En mi quinta hay cien árboles bellos: ciruelos redondos, limoneros rectos y naranjos de brotes lustrosos. En las primaveras, todos ellos se cubren de flores en torno a la higuera. Y la pobre parece tan triste con sus gajos torcidos que nunca de apretados capullos se visten… Por eso, cada vez que yo paso a su lado, digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento: – Es la higuera el más bello de los árboles en el huerto. Si ella escucha, si comprende el idioma en que hablo, ¡qué dulzura tan honda hará nido en su alma sensible de árbol! Y tal vez a la noche, cuando el viento abanique su copa, embriagada de gozo, le cuente: – Hoy a mí me dijeron hermosa.

Juana de Ibarborou

Julio Cortázar.

EUCALIPTO

Fama y eucalipto

Un fama anda por el bosque y aunque no necesita leña mira codiciosamente los árboles. Los árboles tienen un miedo terrible porque conocen las costumbres de los famas y temen lo peor. En medio de todos está un eucalipto hermoso, y el fama al verlo da un grito de alegría y baila tregua y baila catala en torno del perturbado eucalipto, diciendo así:

– Hojas antisépticas, invierno con salud, gran higiene.

Saca un hacha y golpea al eucalipto en el estómago, sin importársele nada. El eucalipto gime, herido de muerte, y los otros árboles oyen que dice entre suspiros:

– Pensar que este imbécil no tenía más que comprarse unas pastillas Valda.

Julio Cortázar. “Historias de cronopios y de famas”

Julio Cortázar.

Miguel de Cervantes

CASTAÑOEra la noche, como se ha dicho, oscura, y ellos acertaron a entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas movidas del blando viento hacían un temeroso y manso ruído; de manera que la soledad, el sitio, la oscuridad, el ruido del agua, con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto. ……Acabó en esto de descubrirse el alba, y de parecer distintamente las cosas, y vio Don Quijote que estaban entre unos árboles altos, que ellos eran castaños, que hacen la sombra muy oscura.

Miguel de Cervantes

El ingenioso hidalgo
Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Ovidio

Cipariso convertido en ciprés

… Había un corpulento ciervo dedicado a las ninfas de los campos de Cartea, el cual tenía unas astas de tal elevación y anchura que le servían de sombraje a su cabeza; las astas resplandecían con el oro, y de su delgado cuello iba pendiente hasta los brazuelos un collar de piedras preciosas. Un medallón de plata colgaba sobre su frente, sujeto con unos pequeños lazos de cuero, y de sus orejas pendían también sobre las sienes dos arracadas del mismo metal. Este ciervo domesticado y acostumbrado a no conocer el miedo, solía entrar en las casas y presentar su cuello aun a las manos desconocidas para que lo halagasen; pero no obstante, a nadie le agradaba tanto como a tí, Cipariso, joven el más hermoso de toda la isla de Cos. Tú cuidabas de llevarlo a los pastos más abundantes y a las fuentes más cristalinas. Unas veces entretejías sus astas con variedad de flores, otras, acomodándote en su espalda, ibas con él de una a otra parte, enfrenándole con un cabestro de color de púrpura.

Un día de estío, a la hora del mayor calor, se echó el ciervo sobre la hierba, viéndose muy fatigado, para tomar un poco el fresco a la sombra de los árboles. El muchacho Cipariso, sin saber lo que se hacía, le atravesó con una aguda flecha, y viéndole expirar de aquella cruel herida, quedó sobrecogido de tal tristeza y desesperación que resolvió darse a sí mismo la muerte. ¿Qué de cosas no le dijo Febo para consolarle?Le amonesta para que no se abandone a tanto sentimiento por una cosa de tan poca consideración; pero él seguía entregado a sus gemidos y sentimientos, pidiendo a los dioses que por último don le concediesen que jamás interrumpiese sus lágrimas. A puro llorar vino a derramar su sangre por los ojos y sus miembros empezaron a tomar un color verde, a transformarse en erizada melena aquellos hermosos cabellos que poco ha pendían de su nevada frente, y endureciéndose poco a poco se elevó mirando rectamente al cielo, angostándose la copa hasta rematar en punta. Fue muy sensible a Apolo esta transformación de que había sido testigo, y suspirando: “Yo lloraré tu pérdida -le dijo-, Cipariso; tú llorarás la de otros y asistirás siempre a los lúgubres llantos”.

Ovidio Fábula IV de “Las Metamorfosis”

Ovidio

Rabbe Enckell

“¿Has visto hojas de aliso un día grisáceo cuando las nubes se separan de mala gana? ¿ las has visto jugando con el viento intercambiar mil sombras con los crepúsculos? allí está la larva dura de mollera esperando sobre la hoja la metamorfosis pálida y ajada por un viento de sequía Considera toda la belleza Signos interiores de que la libertad está próxima El desfile de nubes grisáceas y los estallidos de las arvejas Rabbe Enckell (1903-1975) Finlandia Pintor, poeta, ensayista y dramaturgo.

Rabbe Enckell

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