Aunque
mito es una palabra griega, la realidad del mito es universal a todas las
civilizaciones. El mito es uno de los factores que configuran el pensamiento
humano. La atracción que ejercen los mitos es imperecedera. Los mitos
no son mentiras, son metáforas; y su carácter global nos transmite
su significado en el sentido más profundo. Nos gustan porque juegan
con nosotros; no se imponen como una verdad. Su esencia es el juego creativo.
Son la savia de la poesía, el arte o la filosofía.
Quizá el
lector se sienta inclinado a pensar que los mitos son algo del pasado, pertenecientes
a una Humanidad ajada y superada. No es sí. Incluso los que muestren
desprecio por los antiguos mitos habrán de reconocer que recurren
a ellos infinidad de veces. Los personajes de los mitos griegos se eternizan
en nuestro lenguaje y la presencia del mito en nuestro pensamiento se demuestra
en palabras como: erótico, pánico, hercúleo, orfeón,
apolíneo, dionisiaco, afrodisíaco, hermético, ciclópeo,
titánico, odisea, hecatombe, Europa, ateneo, musa, museo, adonis,
satírico, bacanal, cereal, atropina, medusa, tritón, cetáceo,
narcisismo. No hace falta conocer los mitos concretos para entender lo que
significa “es su talón de Aquiles”, “complejo de
Edipo”, la “Manzana de la Discordia” o “abrir la
caja de Pandora.” Nuestra cultura se ha modelado con el barro de los
mitos.
Constantemente
estamos adaptando a nuevas formas mitos antiquísimos. El Hombre Lobo
es heredero del antiguo Licaón griego. Los mitos siguen y seguirán
iluminando nuestra capacidad creadora. El ser humano siempre se verá envuelto
en la elaboración de sus propios mitos y abocado a reflexionar sobre
sus mitificaciones o desmitificaciones. De hecho, en la actualidad muchos
viven como si los mitos ordenasen su vida. Ciertos mitos peligrosos siguen
llevando a la gente a la guerra; se asesina en nombre de un mito; un mito
puede justificar que se destruyan razas y pueblos enteros.
Nuestra época
es profundamente mágica. Nunca se ha buscado como ahora el amor, la
paz y el equilibrio, ni se ha huido como ahora de la vejez y de la muerte.
El hombre ha crecido, pero nunca se ha sentido tan pequeño. Nunca
ha habido más terror a la destrucción total. Ahora ya no se
necesitan mitos sobre el pasado o el presente, pero necesitamos mitos explicativos
para el futuro, mitos acerca de algo que podemos llegar a vivir. El ser humano
proseguirá su historia mágica porque en ella se manifiesta
una dimensión irrenunciable de su ser.
Desde
nuestra perspectiva lógico-científica nos sabemos superiores
a los pueblos antiguos. Apenas podemos comprender el culto de los pueblos
más primitivos a los elementos de la naturaleza y a los antiguos dioses,
que sólo entendemos como pensamiento mágico y superstición.
Acaso no tengamos que aprender nada de los antiguos; o quizá, cuando
nos hacemos ciertos planteamientos sobre nuestra civilización, no
debamos perder de vista del todo las antiguas culturas si queremos superarlas.
Los
griegos, por ejemplo. Admirados como maestros en transformar en algo más
bello cualquier cosa que hubieran podido tomar prestada y en alcanzar lo
bello como medida de la vida, vivieron en un principio un primitivismo religioso
idéntico al de otros pueblos, con sombríos ritos a través
de los que trataban de apaciguar a las potencias infernales. Sin embargo,
de la oscuridad de sus dioses originales, supieron pasar más tarde
a la luminosidad de la religión homérica: Apolo, dios de las
artes y la medicina; Hermes dios de la elocuencia; Afrodita, símbolo
de la belleza y el amor; o Artemis, que representa la mujer emancipada de
las tareas cargantes unidas a su sexo. La sagrada Encina da paso a Zeus que
ordena el cosmos y el Olivo sagrado trae a la deslumbrante figura de Atenea,
símbolo de la paz, las ciencias y la inteligencia. Los dioses olímpicos
mantuvieron muchas sombras, pero fueron válidos “como sublimes
alegorías”.
Nietzsche
se pregunta qué diferencia a los griegos de otros pueblos; cómo
evolucionaron desde una primitiva inteligencia mágica e impotente,
hasta alcanzar en la época clásica la nobleza que les caracteriza
como civilización. Su respuesta es que los griegos homéricos
transforman un sentimiento originario de debilidad, de miedo ante la vida,
en una actitud opuesta de afirmación inspirada por la fuerza que no
teme a la vida ni a los enigmas que le son propios. El griego apuesta por
la claridad y el orden frente al caos, por el dominio del espíritu
sobre la naturaleza y por una afirmación de sí mismo como ser
humano. Los dioses olímpicos son el fruto de un esfuerzo de reflexión
en el que triunfan la belleza, el equilibrio y una valoración del
hombre. Los griegos no imaginan a sus dioses como sus amos, de forma distinta
de lo que ocurre en otros pueblos en los que los hombres se humillan e infravaloran
ante aquéllos. Los dioses olímpicos son un reflejo más
logrado de la raza humana. Son la imagen de una vida ideal, poderosa, esplendorosa,
feliz, fácil y bella, frente a la vida humana cargada de penalidades.
Los griegos proyectan en sus dioses lo humano. En ellos divinizan valores
humanos. “El mundo empieza así a tomar un nuevo aspecto cuando
se va diluyendo la creencia de que está gobernado por fuerzas arbitrarias
y terroríficas (titanes, esfinges, gorgonas, monstruos) y se comienza
a pensar que está regido por dioses-hombres de sereno esplendor”.
Lo
que transforma una cultura es una fuerza fundamental de afirmación
o negación de la vida. La cultura griega se transformó en
función de un cambio en la valoración que el hombre griego
hizo de sí mismo, porque los valores que el hombre se atribuye modifican
poco a poco su ser y su poder. ¿Por qué otra cosa debe apostar
nuestra cultura sino por los valores humanos y por la vida?
Como
los antiguos, somos conscientes de la benignidad de los árboles. Ahora
esta consciencia se basa en conocimientos científicamente probados.
De hecho, somos más conscientes que nunca de nuestra responsabilidad
planetaria. Sin embargo, permitimos que predomine ese individualismo irresponsable
que no duda en tratar a los bosques como basura. A la entrada del oráculo
de Delfos estaba escrita aquella máxima famosa del “Conócete
a ti mismo”. Sólo nos falta poner en la entrada de algún
lugar paradigmático un dicho que ratifique nuestra filosofía
actual de vida, como “El que venga atrás, que arree”,
por poner un ejemplo.
Es importante
que nuestra cultura identifique las verdades, las bellezas y las virtudes
que desea valorar. Nuestro mundo ha cambiado mucho en el siglo pasado y nuevos
cambios están a la vuelta de la esquina. Hemos de sentirnos lo más
cómodos posible con el cambio, pero debemos tener siempre presentes
las constantes de la experiencia humana: las cosas que no cambian, porque
no pueden cambiar, o porque no queremos que cambien. El sentido de la belleza
y el equilibrio no cambiará nunca.
Los
griegos no diferenciaban bondad y belleza y consideraban que todas las virtudes
humanas formaban parte de una sola. Ahora sabemos que el cerebro procesa
separadamente; que podemos ser inteligentes en un sentido y no en otro; ser
creativos y carecer de ética; ser sensibles a las emociones sin poner
esta sensibilidad al servicio de los demás. Podemos ser conscientes
de la verdad y estar ciegos a lo bello y lo bueno; apreciar lo ético,
sin mostrar inclinación a buscar lo que pueda haber de bueno en nuestra
propia vida. ¿Tenemos que resignarnos a esta fragmentación? ¿O
nuestra aportación al futuro dependerá de lo arraigadas y relacionadas
que estén nuestras nociones de lo bello, lo bueno y lo verdadero?
EL ÁRBOL SAGRADO
Lo
primero que los hombres consideraron sagrado, es decir, digno de veneración
fueron los elementos de la naturaleza: el espíritu de un animal, las
fuentes, los ríos, los árboles. Antes que a los dioses, los
hombres dieron culto a sus muertos y a la tumba de sus antepasados. Próximo
a la tumba había un árbol. De alguna manera debía de
estar en contacto con el espíritu del difunto. Si la vida de un árbol
se extendía mucho en el tiempo, debía de ser porque su espíritu
era poderoso. Un árbol centenario fue considerado algo sagrado en
sí mismo, es decir, una divinidad: La Sagrada Encina, el Sagrado Aliso,
el Sagrado Abeto. Luego los árboles más viejos fueron consagrados
a un dios; se les adornaba y se colgaba de sus ramas distintas ofrendas como
si se tratara de la misma estatua de la divinidad. Antes de ser esculpidas
en piedra, las estatuas de los dioses se esculpieron en troncos de árboles
sagrados. Un brote del árbol sagrado se transportaba al lugar
donde se va a fundar una colonia.
El bosque
fue el templo más antiguo para muchos pueblos; el primer lugar destinado
al culto de las divinidades. Cuando posteriormente se construyeron templos,
alrededor se plantaban bosques, en los que se celebraban festividades y actos
importantes. El carácter sagrado de los bosques permitía que
los perseguidos por la justicia acudieran a refugiarse en ellos pidiendo asilo.
Aunque estaba permitido podar sus ramas, cortar los árboles era considerado
un sacrilegio. Roma, por ejemplo, estaba rodeada de bosques sagrados. Los romanos
nombraban como “árbor sancta” a algunos árboles consagrados
que había al borde de los caminos. En ellos se colgaban exvotos y bajo
su sombra se alzaban altares.
El
emperador Teodosio (siglo IV), y varios concilios de la Iglesia, además
de leyes y ordenanzas, intentaron prohibir el culto a los árboles.
En el siglo VII, quien adorase a un árbol considerado sagrado era
multado con la mitad de sus bienes. En el XIX en regiones budistas del sur
de Asia aún se adoraba a los árboles; no es extraño
si se piensa que Buda se había transformado treinta y tres veces en
genio de los árboles.
Todos
tenemos en la mente el papel del bíblico Árbol de la Ciencia
del Bien y del Mal. En cuanto a la mitología griega, no es la única
en la que encontramos leyendas acerca de metamorfosis de seres humanos en árboles.
En la mitología de las selvas de Malasia, el dios creador resuelve
el problema de la superpoblación mundial convirtiendo en árboles
a la mitad de los seres humanos. Según una tradición vikinga,
los dioses creadores dieron forma humana, aliento y entendimiento a dos árboles
que crecían a la orilla del mar, con lo cual crearon a la primera
pareja humana. En la iniciación de los jóvenes chamanes mongoles,
su espíritu se refugia en el Árbol del Mundo y desde lo alto
de sus ramas aprende a ver la realidad; aprende el espíritu de sacrificio
que le permite provocar armonía y orden dentro de la red de la vida.
ÁRBOLES
Caminar entre los árboles, conocerlos, distinguir
mejor sus características diferenciadoras es para muchos de nosotros
una actividad que tiene en sí misma su propia finalidad. Dado
que "telos" es el término griego que significa finalidad, alguien
ha bautizado a estas actividades como “autotélicas”;
defiende que están entre las mejores actividades humanas y que cuando
las realizamos nos sentimos fluir; es decir, disfrutamos utilizando nuestra
energía, generamos una fuerza interior que nos mantiene atentos, incrementamos
nuestra capacidad para relacionarnos con el mundo. Somos muchos los que nos
sentimos cautivados por los árboles: ante ellos experimentamos una
emoción positiva que nos conmueve. Es la experiencia de la belleza
que a veces incluso nos transporta a lo prodigioso y nos lleva a intuir un
poder en alguna realidad. Sentir que algunas cosas de nuestro mundo nos encantan
dota de sentido a nuestra existencia. Lo contrario es sentirse desencantado.
Como los niños, los pueblos primitivos experimentaban
con ardor ese encantamiento ante la vida que les rodeaba. Este sentimiento
llevaba a considerar las cosas más importantes como algo no sólo
digno de respeto, sino incluso sagrado. A medida que el individuo y la civilización
evolucionan, se imbuyen de la necesidad de moverse en un mundo racional,
lógico, teórico. Crecen, pero se apodera de ellos el desencanto.
Individuo y cultura ya no persiguen tanto el cultivo de una imaginación
fértil, como la información suficiente sobre aquellas cosas
perentoriamente necesarias y el desarrollo de la mente. Hasta el punto de
que el ser humano llega a creerse que es la mente misma. Sin embargo, no
somos nuestra mente, sino algo más profundo y difícil de desarrollar.
Nuestra cultura, tan racional, encuentra absurdo que nos
acerquemos a las cosas "corrientes" como si de algo venerable o de misterios
poéticos se tratara. Los misterios ya no lo son. Todo está explicado
y científicamente comprendido. Desgraciadamente, también está profanado.
Nuestra evolución no nos ha llevado a considerar sagrada la vida humana
y los derechos de todos y cada uno de los habitantes del planeta. No consideramos
sagrada el agua, el mar, el aire que respiramos, la Tierra que habitamos,
el suelo que nos alimenta. ¿Son los árboles y los bosques algo
digno de admiración ante los que podemos llegar a sentir respeto?
Aunque a veces pretende aparentar lo contrario, nuestra cultura contemporánea
se ríe de estas consideraciones y utiliza argumentos muy racionales
para justificar atentados hacia lo sagrado de la vida. La sociedad desencantada
se convierte en víctima de sus emociones enfermas, de su argumentación
mental, de su falta de creatividad. El concepto antónimo de crear
es exterminar. La vida se ve como un problema. Y los problemas se resuelven,
no se aman.
Necesitamos potenciar una cultura que comprenda que la auténtica
sabiduría y la inteligencia verdadera requieren un respeto sincero
de aquellas realidades que nos enfocan hacia una visión más
bella de la existencia. Cuando nos encontramos con la belleza de muchos de
los aspectos de nuestro mundo, ya no nos sentimos como algo aparte de lo
que nos rodea, desvinculados del resto de los seres; y encontramos más
sentido al hecho de existir.
Una de las realidades naturales que más poderosamente
nos enamoran son los árboles. Esos seres silenciosos, sosegados, generosos,
cuyo único objetivo, aparte de vivir y sobrevivir como cualquier
otro ser vivo, parece ser el de potenciar la vida de los demás; de
los cuales sólo se derivan inmensos beneficios para la vida de nuestro
planeta. Los árboles, como los representantes más hermosos
y majestuosos del mundo vegetal, son parte fundamental de lo que un gran
químico (1) llamó "estructuras disipativas" del planeta.
En esta función vital suya incluso podemos ver una metafórica
enseñanza de vida. Una estructura disipativa es un sistema físico
que se apodera de la energía que de otra manera se perdería
inútilmente. El reino vegetal es una enorme estructura disipativa
porque, alimentándose de la luz, que es un subproducto inútil
de la combustión del sol, permite que exista la vida sobre la tierra.
Los árboles, como grandes estructuras disipativas, apresan el caos
y lo transforman en un orden más complejo. Son maestros en desarmar
a un gran enemigo del ser: el caos, la entropía; ese estado de carencia
o desintegración al que vuelven todos los sistemas si no se hace algo
por impedirlo.
La entropía es nuestro mayor enemigo exterior e interior.
Desarmamos a la entropía cuando en nuestro ser interno o en nuestro
entorno llevamos a cabo, desde la apertura, la flexibilidad, el respeto y
el cuidado, acciones que deshacen el caos y generan orden; actos que tienen
en cuenta el futuro del planeta, el bien común y el bienestar emocional
de todos. El mal es la entropía. El bien es una superación
creativa de la inercia; la energía que conduce a la evolución
de la conciencia humana. Cuando con nuestro trabajo o nuestra actividad general
transformamos en un orden más complejo el caos, o cuando logramos
transformar sucesos y emociones neutros o negativos en positivos, estamos
haciendo algo en lo que los árboles vienen marcándonos el camino
hace mucho tiempo.
Pero
que sea un poeta el que diga la última palabra. Paul Valéry
escribió: “Aquellos griegos que lo vieron todo tenían
el hábito de dar figuración a sus ideas. Para disfrazar sus
tesis físicas o metafísicas gustaban de fingir personas y dramas
cuyos atributos y cuya acción lo mismo podían tomarse por lo
que aparentaban ser, y agradar como un cuento o una evocación histórica… Nuestros
mitos son enteramente abstractos. Pensamos por esqueletos. Hemos perdido
el gran arte de significar por la belleza. Y, por cierto, que lo que acabo
de deciros es un ejemplo de ello. Acabo de resumiros secamente una argumentación.
Han sido unas consideraciones bastante frías. Pero imaginad ahora
una encarnación de todo esto, ved una escena, formad un personaje … en
el centro del más poético paisaje. Prodigad a su alrededor
las peñas y las aguas, plantad al pie de los montes una selva densa … y
no olvidéis que en una reserva de sombras resplandezca una fuente
misteriosa que refleja un poco de la faz del cielo …”
Imaginad pues que los Árboles hablan.
___________________________
Nota: Para diferenciar a los Árboles extranjeros
de los Árboles pertenecientes a la cuenca mediterránea, los
nombres de aquellos aparecen escritos en el diálogo en letra cursiva
mayúscula. Los textos en cursiva pertenecen a poetas. Los
textos en cursiva y negrita son responsabilidad de la autora.
En forma de diálogo, los Árboles exponen sus
conocimientos con estrecha fidelidad a las fuentes clásicas de la
mitología, al tiempo que adoptan una visión desenfada de los
distintos dioses y mitos, no exenta de humor y de ironía.
El adusto Aliso, la Encina feminista, el Roble arrogante
y cheli, los mágicos Álamos, el Granado gay, la alocada Higuera,
el Sicómoro obsesionado por los monstruos, la fértil Palmera,
el Olmo enamorado de la Ilíada, el apasionado Almendro, etc. hablan
de Crono, Rea-Cibeles, Zeus, Hades, Deméter, Heracles, Orfeo, Jasón,
Europa, Atalanta y otros muchos personajes míticos. Narran sugerentes
y divertidas historias, como las de Éaco y sus hormigas, Faetonte
y la conducción irresponsable, Melampo y las carcomas, el hijo del Árbol
de la Mirra, el búho Ascálafo, Osiris y el peligroso sarcófago,
la metedura de pata de Aracne, el Carnero volador, el Centauro Hijo-del-Tilo,
Prometeo el espía, Hefesto y el detector de mentiras … El Avellano,
imbuido de su papel de insignia de la ciencia y la sabiduría, aporta
datos históricos y se esfuerza en poner razón y realidad allí donde
predomina claramente la fantasía y la simbología.
Cada vez son más las personas que, en sus paseos
por el campo y por los parques de las ciudades, se encuentran con su deseo
de saber más sobre los árboles. El libro pretende que estos
amantes del mundo natural no renuncien a su interés por la historia,
la mitología y la poesía; y que los aficionados a estas últimas
se motiven por conocer la realidad de los árboles. “Árboles
y Mitos” es una muestra de que ambos afectos pueden confluir.
Nota: Este texto constituye el prólogo del libro 'Árboles y Mitos' escrito
por Elena Huerta y que será publicado por Ediciones
Clásicas en el mes de
mayo.
Aunque mito es una palabra griega, la realidad del mito es universal a todas las civilizaciones. El mito es uno de los factores que configuran el pensamiento humano. La atracción que ejercen los mitos es imperecedera. Los mitos no son mentiras, son metáforas; y su carácter global nos transmite su significado en el sentido más profundo. Nos gustan porque juegan con nosotros; no se imponen como una verdad. Su esencia es el juego creativo. Son la savia de la poesía, el arte o la filosofía.
Quizá el lector se sienta inclinado a pensar que los mitos son algo del pasado, pertenecientes a una Humanidad ajada y superada. No es sí. Incluso los que muestren desprecio por los antiguos mitos habrán de reconocer que recurren a ellos infinidad de veces. Los personajes de los mitos griegos se eternizan en nuestro lenguaje y la presencia del mito en nuestro pensamiento se demuestra en palabras como: erótico, pánico, hercúleo, orfeón, apolíneo, dionisiaco, afrodisíaco, hermético, ciclópeo, titánico, odisea, hecatombe, Europa, ateneo, musa, museo, adonis, satírico, bacanal, cereal, atropina, medusa, tritón, cetáceo, narcisismo. No hace falta conocer los mitos concretos para entender lo que significa “es su talón de Aquiles”, “complejo de Edipo”, la “Manzana de la Discordia” o “abrir la caja de Pandora.” Nuestra cultura se ha modelado con el barro de los mitos.
Constantemente estamos adaptando a nuevas formas mitos antiquísimos. El Hombre Lobo es heredero del antiguo Licaón griego. Los mitos siguen y seguirán iluminando nuestra capacidad creadora. El ser humano siempre se verá envuelto en la elaboración de sus propios mitos y abocado a reflexionar sobre sus mitificaciones o desmitificaciones. De hecho, en la actualidad muchos viven como si los mitos ordenasen su vida. Ciertos mitos peligrosos siguen llevando a la gente a la guerra; se asesina en nombre de un mito; un mito puede justificar que se destruyan razas y pueblos enteros.
Nuestra época es profundamente mágica. Nunca se ha buscado como ahora el amor, la paz y el equilibrio, ni se ha huido como ahora de la vejez y de la muerte. El hombre ha crecido, pero nunca se ha sentido tan pequeño. Nunca ha habido más terror a la destrucción total. Ahora ya no se necesitan mitos sobre el pasado o el presente, pero necesitamos mitos explicativos para el futuro, mitos acerca de algo que podemos llegar a vivir. El ser humano proseguirá su historia mágica porque en ella se manifiesta una dimensión irrenunciable de su ser.
Desde nuestra perspectiva lógico-científica nos sabemos superiores a los pueblos antiguos. Apenas podemos comprender el culto de los pueblos más primitivos a los elementos de la naturaleza y a los antiguos dioses, que sólo entendemos como pensamiento mágico y superstición. Acaso no tengamos que aprender nada de los antiguos; o quizá, cuando nos hacemos ciertos planteamientos sobre nuestra civilización, no debamos perder de vista del todo las antiguas culturas si queremos superarlas.
Los griegos, por ejemplo. Admirados como maestros en transformar en algo más bello cualquier cosa que hubieran podido tomar prestada y en alcanzar lo bello como medida de la vida, vivieron en un principio un primitivismo religioso idéntico al de otros pueblos, con sombríos ritos a través de los que trataban de apaciguar a las potencias infernales. Sin embargo, de la oscuridad de sus dioses originales, supieron pasar más tarde a la luminosidad de la religión homérica: Apolo, dios de las artes y la medicina; Hermes dios de la elocuencia; Afrodita, símbolo de la belleza y el amor; o Artemis, que representa la mujer emancipada de las tareas cargantes unidas a su sexo. La sagrada Encina da paso a Zeus que ordena el cosmos y el Olivo sagrado trae a la deslumbrante figura de Atenea, símbolo de la paz, las ciencias y la inteligencia. Los dioses olímpicos mantuvieron muchas sombras, pero fueron válidos “como sublimes alegorías”.
Nietzsche se pregunta qué diferencia a los griegos de otros pueblos; cómo evolucionaron desde una primitiva inteligencia mágica e impotente, hasta alcanzar en la época clásica la nobleza que les caracteriza como civilización. Su respuesta es que los griegos homéricos transforman un sentimiento originario de debilidad, de miedo ante la vida, en una actitud opuesta de afirmación inspirada por la fuerza que no teme a la vida ni a los enigmas que le son propios. El griego apuesta por la claridad y el orden frente al caos, por el dominio del espíritu sobre la naturaleza y por una afirmación de sí mismo como ser humano. Los dioses olímpicos son el fruto de un esfuerzo de reflexión en el que triunfan la belleza, el equilibrio y una valoración del hombre. Los griegos no imaginan a sus dioses como sus amos, de forma distinta de lo que ocurre en otros pueblos en los que los hombres se humillan e infravaloran ante aquéllos. Los dioses olímpicos son un reflejo más logrado de la raza humana. Son la imagen de una vida ideal, poderosa, esplendorosa, feliz, fácil y bella, frente a la vida humana cargada de penalidades. Los griegos proyectan en sus dioses lo humano. En ellos divinizan valores humanos. “El mundo empieza así a tomar un nuevo aspecto cuando se va diluyendo la creencia de que está gobernado por fuerzas arbitrarias y terroríficas (titanes, esfinges, gorgonas, monstruos) y se comienza a pensar que está regido por dioses-hombres de sereno esplendor”.
Lo que transforma una cultura es una fuerza fundamental de afirmación o negación de la vida. La cultura griega se transformó en función de un cambio en la valoración que el hombre griego hizo de sí mismo, porque los valores que el hombre se atribuye modifican poco a poco su ser y su poder. ¿Por qué otra cosa debe apostar nuestra cultura sino por los valores humanos y por la vida?
Como los antiguos, somos conscientes de la benignidad de los árboles. Ahora esta consciencia se basa en conocimientos científicamente probados. De hecho, somos más conscientes que nunca de nuestra responsabilidad planetaria. Sin embargo, permitimos que predomine ese individualismo irresponsable que no duda en tratar a los bosques como basura. A la entrada del oráculo de Delfos estaba escrita aquella máxima famosa del “Conócete a ti mismo”. Sólo nos falta poner en la entrada de algún lugar paradigmático un dicho que ratifique nuestra filosofía actual de vida, como “El que venga atrás, que arree”, por poner un ejemplo.
Es importante que nuestra cultura identifique las verdades, las bellezas y las virtudes que desea valorar. Nuestro mundo ha cambiado mucho en el siglo pasado y nuevos cambios están a la vuelta de la esquina. Hemos de sentirnos lo más cómodos posible con el cambio, pero debemos tener siempre presentes las constantes de la experiencia humana: las cosas que no cambian, porque no pueden cambiar, o porque no queremos que cambien. El sentido de la belleza y el equilibrio no cambiará nunca.
Los griegos no diferenciaban bondad y belleza y consideraban que todas las virtudes humanas formaban parte de una sola. Ahora sabemos que el cerebro procesa separadamente; que podemos ser inteligentes en un sentido y no en otro; ser creativos y carecer de ética; ser sensibles a las emociones sin poner esta sensibilidad al servicio de los demás. Podemos ser conscientes de la verdad y estar ciegos a lo bello y lo bueno; apreciar lo ético, sin mostrar inclinación a buscar lo que pueda haber de bueno en nuestra propia vida. ¿Tenemos que resignarnos a esta fragmentación? ¿O nuestra aportación al futuro dependerá de lo arraigadas y relacionadas que estén nuestras nociones de lo bello, lo bueno y lo verdadero?
EL ÁRBOL SAGRADO
Lo primero que los hombres consideraron sagrado, es decir, digno de veneración fueron los elementos de la naturaleza: el espíritu de un animal, las fuentes, los ríos, los árboles. Antes que a los dioses, los hombres dieron culto a sus muertos y a la tumba de sus antepasados. Próximo a la tumba había un árbol. De alguna manera debía de estar en contacto con el espíritu del difunto. Si la vida de un árbol se extendía mucho en el tiempo, debía de ser porque su espíritu era poderoso. Un árbol centenario fue considerado algo sagrado en sí mismo, es decir, una divinidad: La Sagrada Encina, el Sagrado Aliso, el Sagrado Abeto. Luego los árboles más viejos fueron consagrados a un dios; se les adornaba y se colgaba de sus ramas distintas ofrendas como si se tratara de la misma estatua de la divinidad. Antes de ser esculpidas en piedra, las estatuas de los dioses se esculpieron en troncos de árboles sagrados. Un brote del árbol sagrado se transportaba al lugar donde se va a fundar una colonia.
El bosque fue el templo más antiguo para muchos pueblos; el primer lugar destinado al culto de las divinidades. Cuando posteriormente se construyeron templos, alrededor se plantaban bosques, en los que se celebraban festividades y actos importantes. El carácter sagrado de los bosques permitía que los perseguidos por la justicia acudieran a refugiarse en ellos pidiendo asilo. Aunque estaba permitido podar sus ramas, cortar los árboles era considerado un sacrilegio. Roma, por ejemplo, estaba rodeada de bosques sagrados. Los romanos nombraban como “árbor sancta” a algunos árboles consagrados que había al borde de los caminos. En ellos se colgaban exvotos y bajo su sombra se alzaban altares.
El emperador Teodosio (siglo IV), y varios concilios de la Iglesia, además de leyes y ordenanzas, intentaron prohibir el culto a los árboles. En el siglo VII, quien adorase a un árbol considerado sagrado era multado con la mitad de sus bienes. En el XIX en regiones budistas del sur de Asia aún se adoraba a los árboles; no es extraño si se piensa que Buda se había transformado treinta y tres veces en genio de los árboles.
Todos tenemos en la mente el papel del bíblico Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. En cuanto a la mitología griega, no es la única en la que encontramos leyendas acerca de metamorfosis de seres humanos en árboles. En la mitología de las selvas de Malasia, el dios creador resuelve el problema de la superpoblación mundial convirtiendo en árboles a la mitad de los seres humanos. Según una tradición vikinga, los dioses creadores dieron forma humana, aliento y entendimiento a dos árboles que crecían a la orilla del mar, con lo cual crearon a la primera pareja humana. En la iniciación de los jóvenes chamanes mongoles, su espíritu se refugia en el Árbol del Mundo y desde lo alto de sus ramas aprende a ver la realidad; aprende el espíritu de sacrificio que le permite provocar armonía y orden dentro de la red de la vida.
ÁRBOLES
Caminar entre los árboles, conocerlos, distinguir mejor sus características diferenciadoras es para muchos de nosotros una actividad que tiene en sí misma su propia finalidad. Dado que "telos" es el término griego que significa finalidad, alguien ha bautizado a estas actividades como “autotélicas”; defiende que están entre las mejores actividades humanas y que cuando las realizamos nos sentimos fluir; es decir, disfrutamos utilizando nuestra energía, generamos una fuerza interior que nos mantiene atentos, incrementamos nuestra capacidad para relacionarnos con el mundo. Somos muchos los que nos sentimos cautivados por los árboles: ante ellos experimentamos una emoción positiva que nos conmueve. Es la experiencia de la belleza que a veces incluso nos transporta a lo prodigioso y nos lleva a intuir un poder en alguna realidad. Sentir que algunas cosas de nuestro mundo nos encantan dota de sentido a nuestra existencia. Lo contrario es sentirse desencantado.
Como los niños, los pueblos primitivos experimentaban con ardor ese encantamiento ante la vida que les rodeaba. Este sentimiento llevaba a considerar las cosas más importantes como algo no sólo digno de respeto, sino incluso sagrado. A medida que el individuo y la civilización evolucionan, se imbuyen de la necesidad de moverse en un mundo racional, lógico, teórico. Crecen, pero se apodera de ellos el desencanto. Individuo y cultura ya no persiguen tanto el cultivo de una imaginación fértil, como la información suficiente sobre aquellas cosas perentoriamente necesarias y el desarrollo de la mente. Hasta el punto de que el ser humano llega a creerse que es la mente misma. Sin embargo, no somos nuestra mente, sino algo más profundo y difícil de desarrollar.
Nuestra cultura, tan racional, encuentra absurdo que nos acerquemos a las cosas "corrientes" como si de algo venerable o de misterios poéticos se tratara. Los misterios ya no lo son. Todo está explicado y científicamente comprendido. Desgraciadamente, también está profanado. Nuestra evolución no nos ha llevado a considerar sagrada la vida humana y los derechos de todos y cada uno de los habitantes del planeta. No consideramos sagrada el agua, el mar, el aire que respiramos, la Tierra que habitamos, el suelo que nos alimenta. ¿Son los árboles y los bosques algo digno de admiración ante los que podemos llegar a sentir respeto? Aunque a veces pretende aparentar lo contrario, nuestra cultura contemporánea se ríe de estas consideraciones y utiliza argumentos muy racionales para justificar atentados hacia lo sagrado de la vida. La sociedad desencantada se convierte en víctima de sus emociones enfermas, de su argumentación mental, de su falta de creatividad. El concepto antónimo de crear es exterminar. La vida se ve como un problema. Y los problemas se resuelven, no se aman.
Necesitamos potenciar una cultura que comprenda que la auténtica sabiduría y la inteligencia verdadera requieren un respeto sincero de aquellas realidades que nos enfocan hacia una visión más bella de la existencia. Cuando nos encontramos con la belleza de muchos de los aspectos de nuestro mundo, ya no nos sentimos como algo aparte de lo que nos rodea, desvinculados del resto de los seres; y encontramos más sentido al hecho de existir.
Una de las realidades naturales que más poderosamente nos enamoran son los árboles. Esos seres silenciosos, sosegados, generosos, cuyo único objetivo, aparte de vivir y sobrevivir como cualquier otro ser vivo, parece ser el de potenciar la vida de los demás; de los cuales sólo se derivan inmensos beneficios para la vida de nuestro planeta. Los árboles, como los representantes más hermosos y majestuosos del mundo vegetal, son parte fundamental de lo que un gran químico (1) llamó "estructuras disipativas" del planeta. En esta función vital suya incluso podemos ver una metafórica enseñanza de vida. Una estructura disipativa es un sistema físico que se apodera de la energía que de otra manera se perdería inútilmente. El reino vegetal es una enorme estructura disipativa porque, alimentándose de la luz, que es un subproducto inútil de la combustión del sol, permite que exista la vida sobre la tierra. Los árboles, como grandes estructuras disipativas, apresan el caos y lo transforman en un orden más complejo. Son maestros en desarmar a un gran enemigo del ser: el caos, la entropía; ese estado de carencia o desintegración al que vuelven todos los sistemas si no se hace algo por impedirlo.
La entropía es nuestro mayor enemigo exterior e interior. Desarmamos a la entropía cuando en nuestro ser interno o en nuestro entorno llevamos a cabo, desde la apertura, la flexibilidad, el respeto y el cuidado, acciones que deshacen el caos y generan orden; actos que tienen en cuenta el futuro del planeta, el bien común y el bienestar emocional de todos. El mal es la entropía. El bien es una superación creativa de la inercia; la energía que conduce a la evolución de la conciencia humana. Cuando con nuestro trabajo o nuestra actividad general transformamos en un orden más complejo el caos, o cuando logramos transformar sucesos y emociones neutros o negativos en positivos, estamos haciendo algo en lo que los árboles vienen marcándonos el camino hace mucho tiempo.
Pero que sea un poeta el que diga la última palabra. Paul Valéry escribió: “Aquellos griegos que lo vieron todo tenían el hábito de dar figuración a sus ideas. Para disfrazar sus tesis físicas o metafísicas gustaban de fingir personas y dramas cuyos atributos y cuya acción lo mismo podían tomarse por lo que aparentaban ser, y agradar como un cuento o una evocación histórica… Nuestros mitos son enteramente abstractos. Pensamos por esqueletos. Hemos perdido el gran arte de significar por la belleza. Y, por cierto, que lo que acabo de deciros es un ejemplo de ello. Acabo de resumiros secamente una argumentación. Han sido unas consideraciones bastante frías. Pero imaginad ahora una encarnación de todo esto, ved una escena, formad un personaje … en el centro del más poético paisaje. Prodigad a su alrededor las peñas y las aguas, plantad al pie de los montes una selva densa … y no olvidéis que en una reserva de sombras resplandezca una fuente misteriosa que refleja un poco de la faz del cielo …”
Imaginad pues que los Árboles hablan.
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Nota: Para diferenciar a los Árboles extranjeros de los Árboles pertenecientes a la cuenca mediterránea, los nombres de aquellos aparecen escritos en el diálogo en letra cursiva mayúscula. Los textos en cursiva pertenecen a poetas. Los textos en cursiva y negrita son responsabilidad de la autora.
En forma de diálogo, los Árboles exponen sus conocimientos con estrecha fidelidad a las fuentes clásicas de la mitología, al tiempo que adoptan una visión desenfada de los distintos dioses y mitos, no exenta de humor y de ironía.
El adusto Aliso, la Encina feminista, el Roble arrogante y cheli, los mágicos Álamos, el Granado gay, la alocada Higuera, el Sicómoro obsesionado por los monstruos, la fértil Palmera, el Olmo enamorado de la Ilíada, el apasionado Almendro, etc. hablan de Crono, Rea-Cibeles, Zeus, Hades, Deméter, Heracles, Orfeo, Jasón, Europa, Atalanta y otros muchos personajes míticos. Narran sugerentes y divertidas historias, como las de Éaco y sus hormigas, Faetonte y la conducción irresponsable, Melampo y las carcomas, el hijo del Árbol de la Mirra, el búho Ascálafo, Osiris y el peligroso sarcófago, la metedura de pata de Aracne, el Carnero volador, el Centauro Hijo-del-Tilo, Prometeo el espía, Hefesto y el detector de mentiras … El Avellano, imbuido de su papel de insignia de la ciencia y la sabiduría, aporta datos históricos y se esfuerza en poner razón y realidad allí donde predomina claramente la fantasía y la simbología.
Cada vez son más las personas que, en sus paseos por el campo y por los parques de las ciudades, se encuentran con su deseo de saber más sobre los árboles. El libro pretende que estos amantes del mundo natural no renuncien a su interés por la historia, la mitología y la poesía; y que los aficionados a estas últimas se motiven por conocer la realidad de los árboles. “Árboles y Mitos” es una muestra de que ambos afectos pueden confluir.
Nota: Este texto constituye el prólogo del libro 'Árboles y Mitos' escrito por Elena Huerta y que será publicado por Ediciones Clásicas en el mes de mayo.
Más información: www.arbolesymitos.com